Adan de Abajo

Desde la antiguedad los alquimistas intuían la presencia del OTRO YO, nombrándolo Adán de Abajo. El psicoanálisis más tarde lo bautizaría como Inconsciente.
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jueves, 9 de febrero de 2012

HUMILIATION: Morir sin haber amado

(Portada del álbum: A Society in wich no tears is shed de Yoñlu)




Why does it always have to end in humiliation for me?
Why does it always have to end in humiliation for me?
I'll tell you why
I wanna die
I'll tell you why

I'm in a love with a girl, I am
Who is smaller but stronger and braver than I'll ever be
(YOÑLU –Humiliation)

1
Buenas cantidades de personas creen sufrir por amor, muchos más consideran morirse de desamor: debido a no encontrarlo por más que se esfuercen (pues no se dan cuenta que al esforzarse lo están alejando –incluso aniquilando), o gracias a haberlo perdido, si es que pretendían poseerlo.
Sufren y lloran quienes no lo tienen, o lo perdieron. Pero también sufren los que consideran haberlo encontrado, porque no saben qué hacer con él.
Lo mismo acerca de Dios o del Espíritu. ¡Mucho cuidado con los que afirman conocer a Dios y al amor! ¡Más cuidado con los que juran y perjuran saber algo de verdad!
En la práctica psicoanalítica y en el ejercicio de la psicoterapia cotidiana, nos convencemos cada vez de lo poco que tanto nosotros mismos, como grandes volúmenes de personas, no conocemos en realidad, y que más sin embargo pretendemos morir o dejamos matar por aquello.
Pareciera que no sentimos la necesidad de ser congruentes con lo que creemos y pregonamos a diario por una parte, y por otra,  entre aquello que hacemos y ejecutamos.
En el consultorio, mientras más hemos contemplado a la gente desmoronarse por un presunto amor malsano, o debido al término de una relación afectiva –en la cual en el momento de duelo no se entrevé por ningún instante, que la ruptura era para bien-, más ponemos en tela de juicio los conceptos que poseemos acerca del amor y a los cuales algunos de nosotros damos por hecho que son absolutos y naturales.
Peor aún, desde el extremo religioso: mientras más observamos a algunos pretendidos iluminados y carismáticos, desgarrándose las vestiduras y arrojando no ya la primera piedra, sino a todo un pelotón de fusilamiento, para enjuiciar a sus semejantes, más nos convencemos, no de que nuestro concepto de amor o de Dios sea el correcto. Sino de lo mucho que la mayoría de nosotros hemos perdido en cuanto a la conexión con lo más básico de la vida.
Algunos de nosotros desperdiciamos grandes cantidades de palabras, neuronas, energía y lágrimas en llorar por amores que no atinamos a descubrir como ficticios y nocivos. Otros iniciamos guerras y verdaderas hecatombes psicológicas contra nuestros más allegados, nada más por defender una idea, a la que probablemente mañana no recordaremos ya.
¿Y el caso de los que mueren demasiado jóvenes como para haber conocido el amor? ¿O es que amaron demasiado en su corta vida, mucho más que los que tuvieron una larga existencia y no lograron amar, como reza el verso de un bolero escrito por un chico suicida de 17 años…?: I´m in love with a girl, who is smaller but stronger and braver than I´ll ever be…
2
Yoñlu era nada más un pseudónimo con el que comenzaba a ser bien conocido en la Red. Particularmente en Youtube. Se llamaba Vinicius, como uno de los más grandes poetas y trovadores brasileños: Vinicius de Moraes. El cofundador de la bossa nova, junto con Antonio Carlos Jobim.
También nacido en Brasil, en Porto Alegre. Yoñlu era hijo de un canciller y de una reconocida psicoanalista. Como buen hijo o pariente de psicoterapeuta, estuvo en proceso psicológico desde los nueve años.
Cuando murió tenía nada más 17, presuponemos que casi la mitad de su vida transcurrió recostado en variados divanes psicoanalíticos. En Brasil, al igual que en Argentina, existe una importante tradición psicoanalítica iniciada por los discípulos de Igor Caruso en los sesenta, y continuada por cientos de lacanianos, frommianos y reichianos algo más tarde. Siendo hijo de una prestigiosa psicoanalista, no creemos que haya carecido de opciones de tratamiento.
Mucho menos pretendemos culpar a la profesión de su madre ni a la efectividad del psicoanálisis, de que un buen día Yoñlu decidiera inhalar monóxido de carbono para acabar con su existencia. No sin dejar previamente un disco duro en su máquina, lleno de canciones, sampleos y composiciones de su autoría.
3
Era depresivo desde muy chico. Nosotros querríamos creer que más bien era en extremo sensible, como señalan los comentarios desperdigados en diversos blogs en español, inglés y portugués que hay en la red, dedicados a la breve vida y obra de este artista.
Tocaba la guitarra: la acústica, la eléctrica y el piano como el mejor guitarro brasileiro. Hablaba español, francés e inglés, además de su natal portugués. Tenía su habitación llena de instrumentos musicales y de libros. Con un pequeño estudio de audio improvisado para gravar su obra.
Ahora, mientras escuchamos su único y póstumo álbum: a society in wich no tear is shed, un material simplemente increíble, nos convencemos de que Yoñlu no sólo era sensibilísimo, sino de que era un verdadero artista. Su disco nos arrastra sin remedio hasta las más hondas y pestíferas cavernas de nosotros mismos; transmitiendo una melancolía perturbadora y bella con melodías sencillas pero muy pegadoras y efectivas: ¿Cómo es que alguien quien tocaba y componía de esa manera, afirmaba en sus versos que quería morirse y de hecho culminó su deseo? Surge en nosotros la pregunta ineludible.
En uno de nuestros más superfluos y vanos momentos, al escuchar uno de sus mejores tracks: Humiliation, no dejamos de preguntarnos tampoco si acaso no se nos contagiarán sus ganas de suicidarse tan sólo al escuchar aquella voz tan hermosa, que puede ir del falsete más íntimo al barítono más conmovedor, acompañada de los acordes de su instrumento.
Pensamos luego, en otro momento de más lucidez,  que no es que Yoñlu odiara o no amara a la vida. Hemos conocido a algunos suicidas, y en ninguno de ellos captamos nunca ni por un instante previo al acto final y definitivo, un solo elemento de odio a la vida, a sí mismos o a los demás. Todo lo contrario. Pero sí, muchos de ellos eran excesivamente sensibles, tal vez demasiado como para soportar cuantiosas dosis de vida.
Aunque Yoñlu era muy joven y sensible, y melancólico y suicida, su música está llena de verdadero arte, y por ende, de verdadero amor y de vida.
La música de Yoñlu se inscribe, a nuestro gusto, en la tradición de la música brasileña contemporánea, misma que fusiona los ritmos populares, sincopados y ancestrales de sus raíces africanas, con lo mejor del jazz, la trova, el pop, el rap y lo electrónico.
No hay melómano que deba quedarse sin escuchar algunos de los tracks contenidos en su disco, por cierto editado por el sello de David Byrne: desde un muy bien logrado e inefable bossa nova con Olhe por Nos, la cual se acerca perfectamente al nivel de un Carlos Jobim, un Caetano Veloso e incluso de su tocayo, Vinicius de Moraes. Pasando por una trova al estilo Silvio Rodríguez, con Estrela, Estrela. Hasta un bellísimo bolero como Humiliation, en donde el joven autor afirma de antemano querer morir porque ama a una chica. Quizá el mejor bolero cantado en lengua inglesa que hayamos escuchado jamás.
4
No creemos por ningún momento que Yoñlu muriera debido a que no amaba la vida, como rezan algunos mojigatos, adversarios y detractores del acto suicida, o porque la odiaba.
Conocemos alguna que otra persona con una vida mucho más prolongada y estéril, quien por cierto, no ha hecho gran cosa con su conmiseración, además de saturar las redes sociales con frases huecas y prefabricadas, amén de insufribles versos de mal gusto y poca imaginación.
Debemos reconocer que encontramos y descargamos el álbum de Yoñlu a través de mediafire, a falta de megaupload, -que nos lo robamos de internet, así tal cual, pues…-, trastocando la poca congruencia por la que trabajamos día a día. Si además afirmamos que su material no es difícil de conseguir en la Red, recomendándoles que lo busquen, lamentaremos aún más nuestra escasa congruencia.
La prensa de hecho acuso a las redes sociales y a Internet de ser los causantes de la muerte del joven artista brasileño, culto y de padres adinerados, quien muriera, según ellos, a causa del aislamiento que produce hoy en día la vida solitaria con sus largas horas frente a una computadora.
Todavía tenemos que reconocer también, que fue gracias a Internet que supimos de la vida y obra de Yoñlu, y gracias precisamente a la Red que pudimos conseguir su material e insertarlo en nuestro Ipod y en nuestros corazones.

martes, 7 de junio de 2011

EN LA RUTA DE PARMÉNIDES GARCÍA SALDAÑA

Parménides García Saldaña



 

El éxtasis de las buenas almas se había transformado (súbitamente) en tedio.
La droga había dejado de ser efectiva.
El gran cambio de la Flower Generation confirmaba, una vez más,
la pequeña verdad (very earthy) de Karlitos Marx:
las revoluciones burguesas tienen corta vida.

Parménides García Saldaña –En la Ruta de la Onda



Un personaje de singularidades extravagantes que, a veces,
sustituía la cannabis por la coca, para que el olor de la mariguana
no incomodara a la gente del vecindario.

Rosa Carmen Ángeles–Una De Parménides García Saldaña




1

Es difícil negar algo a un amigo. Mucho más si los vínculos y las identificaciones, sean estas afectivas, carnales, ideológicas, homosexuales subconscientes e incluso patológicas hacia él, se encuentran cebados y alimentados por una complicidad silenciosa. Las drogas unen con cierta frecuencia a algunos adictos entre sí mediante un pacto que consiste en no delatar al compañero pacheco, cocainómano o inhalador de crack. Incluso entre  quienes únicamente tienen acceso al  “toncho” o “tonchito”: suerte de bolsa de plástico donde se respirará el célebre y fino pero poco elegante aroma, disecador de neuronas del tonsol. Entre ellos existe un pacto de protección mutua casi sectario.
Está también el adicto solitario, quien prefiere la complicidad de su propia alma para drogarse o embriagarse. Aquel quien quizá fue incapaz de respetar el código de silencio entre sus cuates y otrora fue expulsado de alguna celosa logia de adictos impíos. O el otro más, también solitario, quien ha logrado, mediante un duro proceso de individuación, valerse por sí solo y atenerse únicamente a sí mismo en el infinito camino de auto complacerse y darse sus gustitos.
Quien rompe el pacto al delatar al camarada, también fractura irremediablemente sus vínculos con la tribu y pierde por siempre el amor todopoderoso de su otra familia (acaso la verdadera): los compas y la droga.
Sólo entre ellos entienden sus códigos individuales y saben del pesado y denso humo de la marihuana, del dulzón aroma de la piedra al fundirse: “como de paletas de frambuesa derretidas…” que los extasía. Nadie rebelaría ante el padre o la madre del camarada, del compa, menos delante de la chica a quien éste pretende seducir, ligarse o sencillamente cogerse, su filiación hacia las sustancias.
Según el psicoanálisis, por cierto, existe un componente altamente incestuoso en la vinculación afectiva hacia determinadas drogas: “la María…, la Macoña…” Como nombran cariñosamente y con veneración sus adeptos, sus  hijos, quienes nunca jamás lograrán escabullirse de ella aunque lo intenten infinitamente, “ni que fuera gripa…”, a la cannabis.
En verdad es difícil negar ciertas cosas a un amigo.
La literatura y la filosofía también pueden establecer un vínculo de fraternidades sediciosas. El conocimiento puede producir los mismos efectos que en el opiómano su vicio: un impulso irrefrenable por compartir y contagiar a otros con las verdades recién descubiertas y develadas. Quien se encuentra con un autor o una teoría nuevos y se fascina con ellos, por poco complejos u obvios que estos resulten, busca desesperado compinches a quiénes mostrar sus descubrimientos y a quiénes contagiar de su repentina iluminación.
En el impulso creativo de no pocos escritores, se encuentra bastante latente y a veces de manera franca y descarada, el deseo de seducir, convencer, persuadir, incluso corromper, de apropiarse y secuestrar el alma de sus lectores. De convertirlos en adeptos suyos, en adictos a sus ideas, a sus verdades, a su propia luz y a sus escritos. Alguna vez él también fue seducido, enviciado y convertido a cierto tipo de conocimiento, sea éste esotérico, hermético, místico, poético o filosófico. De modo que al convertirse él mismo en escritor, se constituirá a perpetuidad en iniciador de otros espíritus novicios y neófitos, quienes caigan en sus garras o lean por accidente e infortunio sus textos.
2
A José Agustín le resultó imposible abrir la puerta de su departamento al amigo quien le llamaba e imploraba a las tres de la madrugada.
Primero lo escucho llorar y suplicar como un perrito abandonado desde el pasillo helado de aquel edificio de condominios en la Ciudad de México cerca de Tlaltelolco. Al no recibir respuesta, Parménides García Saldaña, sabiendo que su amigo escritor se encontraba dentro, enfurecido, comenzaría a arrojar insultos y a gritar fuera de sí, pateando la puerta y orinándose sobre ella. Maldiciendo a sus cuates, a su madre, a su familia, a dios y a la sociedad.
José Agustín y Parménides habían compartido muchas experiencias: etílicas, filosóficas, cannábicas y literarias. José Agustín cuenta en su libro El Rock de la Cárcel, que se le partía el alma al saber que no podía de ningún modo abrir la puerta a un amigo entrañable quien había enloquecido. Dentro se encontraba también su esposa, y no le resultaba nada cómodo exponerla a los desvaríos del loco. Dicen que Parménides solía además enamorarse de las mujeres de sus cuates. En distintas épocas pero por motivos semejantes, ambos estarían en la cárcel. Sólo que Parménides recaería varias veces más, no sólo en los penales por posesión de drogas y escándalos, sino en los psiquiátricos por su condición mental crecientemente deteriorada. Nunca tuvo una relación estable con ninguna chica, aparte de los encuentros casuales con otras adictas y bebedoras,  amantes ocasionales igualmente inestables a él y sexoservidoras. El vínculo entre Parménides y José Agustín acabaría fracturándose de cualquier manera. La complicidad estaba rota para siempre.
En sus travesías psicotrópicas y alcohólicas, García Saldaña sufriría más adelante un accidente que lo reduciría a una silla de ruedas durante casi un año. Muchas veces sus amigos lo encontrarían viviendo en la calle y haciendo cualquier cosa con tal de conseguir droga.
Resultaba difícil imaginar que aquel vagabundo y drogadicto casi indigente, había vivido durante diez años en los Estados Unidos becado por su padre; angloparlante como cualquier gringo. Estudiado primero una licenciatura en economía y posteriormente otra en literatura inglesa en la Universidad de Luisiana. Con un puñado de libros publicados en su haber: uno de poesía, dos novelas y un ensayo que se constituiría en el manifiesto legendario de toda una época y de un periodo fundamental de la historia moderna.
Durante sus años en el extranjero Parménides había seguido con detenimiento los movimientos sociales de la década de los sesentas. Rastreado y dado seguimiento a  líderes como Malcom X, Abbie Hoffman y Bob Dylan, leído sus discursos y libros, escuchado sus álbumes hasta el hartazgo y sido testigo indirecto del  asesinato del primero.
En su célebre y actualmente difícil de conseguir manifiesto: En la Ruta de la Onda, Parménides relata que el movimiento cultural de la Onda surgió primero en Europa y los Estados Unidos, entre los aristócratas y adinerados jóvenes de los años veintes, quienes hastiados del establishment, a la vez víctimas, beneficiarios y subproductos del mismo, habían comenzado a abandonar sus vidas de privilegios y emprendido viajes por carreteras y en barcos, escrito poesía, tocado instrumentos musicales y experimentado con las síncopas. Sin dejar por supuesto de beber sendas cantidades de whisky e iniciado la quema de marihuana.


El cannabis en sus orígenes era una droga exclusiva de los afroamericanos y los jamaiquinos. En el momento en que los jóvenes blancos de barrio pobre comienzan a fumar marihuana también, el movimiento de la Onda desciende hacia las clases medias y bajas. La Onda y la mota se popularizan y se vuelven accesibles y al alcance de casi todos. Por primera vez en la historia, dice Parménides, se les concede el permiso a los jóvenes de ser hedonistas.
Parménides es testigo de la amplia politización de los movimientos juveniles, los cuales se extienden cual peligrosa epidemia, susceptibles de contagiar a la sociedad entera con sus esperanzas en un posible cambio, mismos que en sus inicios eran tan sólo drogas, sexo y enajenación.
Los Black Panters son los primeros en politizarse y exigir al gobierno gringo, más que nada, por sobre todas las cosas, respeto a la gente de color y cultura afroamericana.
El psicólogo Abbie Hoffman comienza a politizar a los hippies y a convertirlos en subversivas cabezas pensantes. Los pone a leer a su maestro Herbert Marcuse, el pensador de la Escuela de Frankfurt, también a Aldous Huxley, a Erich Fromm e incluso a Krishnamurti. Los enseña a analizar, a dialogar y a discernir. Despierta en ellos la conciencia social y política, brindándole un rumbo bastante crítico al movimiento hippie. Entonces surgen los Yippies: Fusión de los diestros Panteras Negras y los hippies pensantes.
En el momento en que los Black Panters y la élite crítica del movimiento hippie se unen para luchar por sus derechos humanos, políticos y a protestar contra la Guerra de Vietnam, el Sistema Social Norteamericano siente sacudirse su tinglado. Entonces el hipismo deja de ser un juego exótico y divertido de niñitas y comienzan las persecuciones, las desapariciones y la verdadera represión.
Cuando regresa a México a fines de los sesenta, Parménides es un amplio conocedor de los escritores norteamericanos: Jack Kerouac, William Burroghs, W, Faulkner, Thom Wolf y Norman Mailler. También del rock en todas sus vertientes. Aquí se dedica a iniciar a cualquier cantidad de jóvenes literatos, escritores y rockeros en los autores y grupos musicales de culto que él conoce a profundidad.
Pero Parménides no es de ningún modo un iluso e ingenuo pachequín, enajenado del rock y de la literatura extranjera. Parme, como lo llaman sus amigos, es entonces un depurado escritor, poseedor de un estilo bastante particular y trabajado y de una conciencia crítica y social agudísima y filosa.
De ningún modo se deja seducir por la rebeldía ficticia de los Rollings Stones y John Lennon, cuya música respeta y ama, pero a cuyos intérpretes critica sin piedad.  Si tuviera que elegir, tal como lo confiesa, entre Mick Jagger y Bob Dylan, se quedaría con este último, puesto que mientras él primero se empeñaba en aprenderse de memoria las canciones del blues negro, el buen Dylan se embebía con las lecturas de Kant y Shakespeare.
Por culpa de aquellos rebeldes que en el fondo no se rebelan ante nada y sólo quieren ser millonarios, dice Parménides, el movimiento de la Onda estaría condenado al fracaso al ser convertido irremediablemente en un cliché y un producto comercial.
3
La música también puede estrechar y sellar la complicidad entre sus adeptos. El rockero quiere encontrar oídos para contagiarlos y enviciarlos con sus longplays y su guitarra. En tiempos actuales cada vez le resulta más difícil  encontrar orejas dispuestas y atentas.
Parménides suscitaba entre sus conocidos y amigos una doble y contradictoria reacción emocional: por un lado lo querían y respetaban su erudición, conocimientos y experiencias, y por otro, evadían en lo posible encontrárselo en la calle, como a cualquier borracho o drogadicto inaguantable. Por una parte inspiraba devoción e identificación entre sus jóvenes seguidores y lectores, y por otra, repulsión debida a sus vicios, manías, delirios y obsesiones.
Su cadáver llevaba diez días en descomposición cuando fue encontrado en la azotea de un edificio en Polanco en la Ciudad de México. Fue difícil determinar si se trató de congestión alcohólica, sobredosis, delirium trémens, o una mezcla explosiva de todos ellos.
Previamente, él mismo se había encargado de aniquilar y destruir todos los lazos y vínculos de complicidad con sus cuates pachecos, rockeros y escritores. Sus amigos le sacaban la vuelta a toda costa.

jueves, 3 de marzo de 2011

El Miedo al Desempleo

El individuo aterrorizado busca algo o alguien a quien encadenar su yo;
no puede soportar más su propia libre personalidad,
se esfuerza frenéticamente por librarse de ella y volver a sentirse seguro una vez más,
eliminando esa pesada carga: la libertad.

(ERICH FROMM –El Miedo a la Libertad)
A la memoria de Rockdrigo González

1



El objetivo del individuo sádico es someter a los otros, anhela el poder como circunstancia ventajosa que le permita colocarse por encima de los demás y gozar de estas ventajas. El sádico busca humillar y destruir a sus semejantes, estrujarlos, jugar con ellos, poseído por impulsos internos cuyo origen él mismo desconoce,  pero que  dominan su voluntad. Nunca se satisface del todo, a pesar de obtener lo que pretende de su víctima o de  conseguir destruirla.

Una tendencia caníbal, ancestral, le urge a despojar a sus presas humanas de sus cualidades únicas y particulares, prohibiéndoles ser ellos mismos, robándoles su gracia y poderes personales, impidiéndoles principalmente su libertad. Quiere descuartizarlos psicológicamente, vejar sus emociones y reducir su esencia hasta desaparecerla, engulléndola por completo. El peor insulto para alguien, en el fondo, resulta al prohibirle ser lo que mejor puede ser. El sádico es un experto en impedirles ser a los otros.

En las hordas primitivas, el canibalismo arrastraba la creencia de que al devorar al enemigo, una vez sometido y vencido, se adquirían sus poderes por el mero acto de la antropofagia.


En la brujería negra o maligna, se buscaba apropiarse del alma de un contrincante, aprisionándola en ánforas de barro selladas o encerrándola en el cuerpo de un animal al que se sacrificaba.

El caníbal se atragantaba con la totalidad de su rival: músculos, huesos, vísceras, incluso cabellera y vestimentas. Le cortaba la cabeza y luego la secaba, conservándola como trofeo de guerra. Así soñaba con volverse más fuerte e inteligente.

Con el surgimiento de la capacidad humana para el diálogo y la asimilación de experiencias ajenas, los grupos humanos descubrieron que podían crear escenarios benignos para el intercambio verbal entre los hombres.

El canibalismo quedo restringido y se volvió  tabú. Apenas un vestigio lejano,  conservado en la envidia y el cuchicheo malévolo sobrevivió en las habladurías de familias e instituciones, buscando devorar al semejante al hablar mal de él a sus espaldas, criticándolo, volviéndolo objeto de escarnio y vituperio sin que se diera cuenta. Aunque frente a él se mostrara la gélida sonrisa de la amabilidad políticamente correcta. En toda crítica ardorosa se alberga un oculto deseo por poseer y engullir al otro.

Con el lenguaje humano fue quedando claro que podía aprenderse de los más sabios y experimentados, tan sólo dialogando o simplemente preguntando la manera más adecuada de proceder y hacer las cosas.
Ya no era necesario tragárselo o matarlo si se quería adquirir sus poderes, podía consultársele y preguntársele cómo hacer para conseguir las cosas. Aclarar con él las dudas, las confusiones y los malentendidos. Incluso volverse su aprendiz o discípulo. Dando a cambio u otorgando al otro las propias experiencias y conocimientos a través del diálogo.

Aunque siempre sobrevivió la sombra del canibalismo verbal, refugiándose como espíritu maligno en los más oscuros rincones de la comunicación familiar e institucional. La antropofagia por vía de la palabra mal intencionada.

2

El masoquista por su parte quiere por sobre todas las cosas someterse ante una autoridad o poder superior.
¿Cómo es posible, se pregunta Erich Fromm, que existan individuos capaces de buscar aquello que las personas sanas y libres evitan a toda costa: sujetarse a la voluntad de alguien que no sólo les hace daño, sino que les sobaja su libertad y quiere apoderarse de su voluntad?


Los masoquistas existen, y pueden llegar a ser mayoría por sobre los sádicos.

En algunas instituciones el masoquismo parece un rasgo de personalidad deseable por su aparente maleabilidad y fácil sometimiento.

Parece requisito imprescindible para encontrar empleo, tanto el masoquismo y el servilismo hoy en día, si es que se quiere ser contratado y tener acceso al interior de algunas instituciones.

Pero aquella docilidad y servilismo resultan sólo una máscara del astuto masoquista. Es muy fácil que el masoquista adquiera, a la menor oportunidad, el papel de sádico, imitando a su otrora opresor.

Él ha asimilado  en carne propia las técnicas psicológicas, verbales y físicas para  conspirar y hacer daño a sus semejantes, sin importar que estos  hagan o no lo que él quiere. El objetivo es  el uso utilitario del ser humano al fin y al cabo.

Sigmund Freud reflexionó acerca del carácter sexual y autodestructivo del masoquismo.

Si podía existir un impulso violento y destructor dirigido a los demás, la violencia podía volcarse directamente hacia uno mismo, pensaba Freud, y un ejemplo de ello eran el suicidio y la autoinmolación.

Con una visión muy distinta, Erich Fromm descubrió que en el fondo del masoquismo subyacía un temor a la vida más general y de mayor alcance.


El miedo a la soledad es lo que impulsa a los masoquistas a buscar el cobijo de alguien o algo aparentemente más fuerte para ponerse a su disposición.

Llámense a estas fuerzas protectoras y todopoderosas: religión, escuela, empresa, secta, alma mater, burocracia, universidad, negocio, gobierno, etc., junto con todos sus súbditos, derivaciones y vasallos.

Es sumamente difícil pensar por uno mismo, mucho más lo es enfrentar los propios miedos, superar los lazos insanos hacia la familia y las instituciones. Caminar por la vida y subsistir más que con los recursos psicológicos que se tienen. Tomar las propias fuerzas personales, junto con los defectos y las vilezas, sin rehuirlas en lo más mínimo, y avanzar, haciéndose responsable de  lo que le toca a uno.

El seno de algunas familias e instituciones laborales constituye un semillero donde las personalidades sádicas y masoquistas se encuentran y desencuentran, se atraen y repelen, copulan, se distancian y conceden el perdón imprescindible, como el del alcohólico crónico o el cocainómano desesperado que juran: “¡Está es la última vez…!”. Constituyendo algunos de los climas sociales más nocivos que por desgracia, nos  son tan familiares.

Finalmente, el esquema en el cual la personalidad sádica y la masoquista se mueven, resulta irrisorio de tan simple y pobre: su única manera de relacionarse con los demás consiste en: o someterse a los otros cuando creen que son más fuertes y listos, o, hacerles daño en cuanto tienen la oportunidad.

¿Es posible concebir al individuo sano en nuestros días, libre de los lazos enfermizos y esquizofrénicos hacia su familia y las instituciones en donde estudia y labora?

3

En los años setentas llegó a la ciudad de México un rockero-trovador, portando tan sólo su guitarra acústica, su armónica y algunos libros. Había nacido en la ciudad de Tampico, en el norte del país. Comenzó a tocar en la calle y en autobuses urbanos, con la única y consciente finalidad de “ver qué pasaba, a nivel vivencial, siendo músico callejero”.


Según cuentan en su página de Facebook.  De las calles del Distrito Federal dio un salto hacia las Peñas, las cuales consistían en escenarios públicos donde los cantautores de los años setentas y ochentas daban a conocer su obra en diversas ciudades de México.

Al inicio, su estilo era criticado por su presunto parecido con el de Bob Dylan. En su haber portaba fructíferas lecturas: dominaba la antropología de James George Frazer, la psicología de Carl Gustav Jung y a varios de los grandes poetas y novelistas de todos los tiempos. Lector y músico autodidacta, de sobremanera ecléctico.

Con el tiempo se convertiría en creador de un género musical propio y hasta entonces desconocido en México: el Rock Urbano, catálogado por otros como Rock Rupestre. Interpretado sólo con guitarra acústica, voz y en ocasiones, armónica. Bastantes músicos resultarían deudores de su legado.
Sería conocido como Rockdrigo González para la posteridad.

¿Qué se necesita para que un individuo se atreva a romper los lazos incestuosos con la familia y las instituciones, atreviéndose a vivir lo vivible, experimentar por experimentar lo sensitivo que se encuentra al alcance, libre y simplemente, sin la seguridad y el cobijo de la chichi  o le teta institucional?

El sádico y el masoquista forman una unidad indisoluble en la que es muy difícil distinguir a uno del otro, pues como se ha dicho, muy fácilmente el sádico se torna sumiso y masoquista en cuanto pierde la circunstancia ventajosa que le permitía sentirse poderoso y abusar de los demás. El masoquista por su parte, en tan sólo  un parpadeo se vuelve sádico vengativo.

A menudo, algunas instituciones intentan infundir al individuo el sentimiento de deber estar agradecido por habérsele otorgado un empleo.


El carácter masoquista padece constante miedo a quedarse desempleado, se le ha enseñado a permanecer contento con poco, y agradecido de cualquier manera aunque se le pisotee, al cabo que hay miles de sujetos más sin trabajo.

Rockdrigo González murió en Septiembre de 1985, víctima del derrumbamiento del condominio donde vivía con su esposa y su hija, por los efectos del terremoto en la Ciudad de México en aquel año.
Tras regresar de un viaje a través de Francia en compañía de su esposa, dejó las drogas definitivamente, dedicándose a hacer ejercicio, leer, tocar su guitarra y prepararse para la etapa de madurez en su producción artística.

Fue una “sobredosis de concreto la que le mato” , dicen los seguidores que continúan escuchando sus discos e interpretando sus canciones.


PG

El autor: Carlos Filiberto Cuéllar

Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx