Adan de Abajo

Desde la antiguedad los alquimistas intuían la presencia del OTRO YO, nombrándolo Adán de Abajo. El psicoanálisis más tarde lo bautizaría como Inconsciente.
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sábado, 18 de junio de 2011

SÓCRATES: MÉDICO DE LO INTERIOR, HIJO DE EROS






Sócrates se convierte en guía de toda la Ilustración y la filosofía modernas;
en el apóstol de la libertad moral, sustraído a todo dogma y a toda tradición,
sin más gobierno que el de su propia persona
y  obediente sólo a los dictados de la voz interior de su conciencia;
es el evangelista de la nueva religión terrenal y de un concepto de la bienaventuranza
 asequible en esta vida por obra de la fuerza interior del hombre
y no basada en la gracia, sino en la tendencia incesante
hacia el perfeccionamiento de nuestro propio ser.

(WERNER JAEGER –Paideia)



¡Jamás, mientras viva, dejaré de filosofar!

(SÓCRATES)


1
Decía sobre sí mismo ser la encarnación del dios Eros. Debido a sus cualidades altamente seductivas, pasionales, astucia en las relaciones humanas y dominio absoluto de ellas, calificaba su persona como digna heredera de aquella sutil deidad. Era costumbre por aquellos tiempos que los discípulos también se fuesen a la cama de vez en vez con algún admirado maestro, Sócrates no debió ser la excepción. A través de los Diálogos de Platón, captamos el amor no únicamente filial, sino de carácter francamente erótico y carnal que conectaba a Sócrates con ciertos alumnos suyos, como Fedón, quienes le despedirían a la hora de su muerte, tras el juicio definitivo, llorando desconsolados y aferrándose a su terminal y humilde existencia. Es probable que no fueran tan solo discípulos suyos, sino quizá amantes del más grande filósofo: el hijo de Eros.
Para no meterse en dificultades terminológicas, Sócrates llamaba a sus discípulos sencillamente como sus “amigos”.
Por aquellos tiempos la línea divisoria entre homosexualidad, heterosexualidad, homoerotismo, fraternidad, hermandad y demás etcéteras interminables, se desdibujaba con facilidad sin causar problema a nadie, transgrediendo sus límites caprichosamente. 
Volviendo al caso de Sócrates, ¿Cómo alguien de tan baja estatura, rostro y nariz achatada, barriga prominente, barba gigantesca y cana, casi calvo, vagabundo y dicharachero, franco y sincero conversador, vestido siempre de manera sencilla, prácticamente sin ningún interés en los bienes materiales ni en el poder terrenal, logró seducir y “corromper” a tantos jóvenes, hombres y mujeres en la Grecia del siglo V antes de Cristo, hasta sacudir el tinglado de todo el Imperio? Al punto de haber sido condenado a muerte, acusado de poco demócrata, de interpretar a su capricho los libros clásicos y de corromper a la juventud. ¿Si los mismos padres de familia y cabezas de la nobleza griega no cesaban de buscarlo para que asesorara y aconsejara a sus hijos?
Nunca quiso dejar nada escrito, otorgándole importancia primordial a la conversación que en el momento presente entablaba con cualquier ser viviente. Lo que nos ha llegado de su persona y pensamiento, ha sido a través de lo que sí escribieron sobre él sus discípulos y seguidores. Como el caso de los evangelistas con Jesús.
Desde los artesanos y esclavos más humildes, hasta jóvenes pertenecientes a la nobleza y parientes de los emperadores, eran dignos sujetos de su interés. Su figura, dignísima hasta la muerte, preferiría beber la cicuta antes de traicionarse a sí mismo y a sus principios: uno de los más grandes argumentadores e investigadores del alma humana de todos los tiempos. Su personalidad no tendría nada que pedir a otros grandes personajes de la envergadura de Jesús de Nazaret y Buda. Aunque Sócrates no pretendiera en ningún momento fundar religiones, y en el fondo nos parece, ninguno de los dos últimos tampoco lo querrían jamás. No faltarían de todos modos los vivales de todos los tipos y orbes, quienes se aprovechasen de los nombres de sus maestros para fundar dictatoriales instituciones, hacer buenos negocios con la venta de ídolos y de boletos de entrada al Paraíso, además de fabricar consignas para guiar a las enceguecidas masas hasta la boca de los abismos.
Al mismo Platón se le ha acusado de malinterpretar intencionalmente y poner en boca de su maestro Sócrates, palabras que éste nunca habría dicho, pero que convenían a la teoría del discípulo.


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Siendo niño, Sócrates fue entrenado como escultor: un taller en la casa paterna sería su primera escuela. Su padre vivía del oficio de tallar la cantera, el mármol. Notables monumentos de algunas ciudades griegas antiguas fueron construidos por su padre, con la colaboración del pequeño aprendiz en los primeros años formativos. Su madre, partera, tendría sin dudas también importante influencia en el desarrollo del futuro pensador.
Su segundo entrenamiento vino como soldado. Sus contemporáneos señalan que se destacó en diversas batallas, acumuló heridas en su cuerpo e interminables reflexiones sobre las tácticas y el arte de la guerra, anécdotas de las luchas, las derrotas y los triunfos. Siendo niño aún, en Grecia se encontraba muy fresco el recuerdo de la Batalla de las Termopilas y la derrota propinada al hasta entonces invencible Imperio Persa por parte de los espartanos. Un hombre que a la vez era experimentado soldado y filósofo era muy bien visto por aquellos tiempos. Caso de Sócrates. A causa de las guerras en que participó, tuvo la oportunidad de visitar soberbias bibliotecas en importantes ciudades de la antigüedad, dialogado y escuchado a connotados maestros y tenido acceso a gran cantidad de libros y manuscritos. Con los cuales se embebió. La educación militar y el desarrollo físico en tiempos del griego clásico, de ningún modo se concebían de manera separada del ejercicio del intelecto y las cualidades espirituales. Como es el triste caso de la educación en tiempos actuales. A la hora de su juicio, antes de ser condenado, el tribunal griego no podría de  ninguna manera evitar reconocer su valor y desenvolvimiento durante variadas batallas de juventud.
Precisamente, en los gimnasios y los baños públicos donde se ejercitaba el cuerpo de los griegos, era donde el maestro comenzó su prédica y sus enseñanzas. De ahí que sobreviniera el término acuñado por él: paideia. Una nueva forma de gimnasia espiritual e intelectual, un método novedoso para desarrollar el pensamiento y el alma.
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Los psicólogos académicos suelen mencionar que la denominada ciencia psicológica a las que ellos enarbolan, surgió en el siglo XX, con los primeros laboratorios alemanes y norteamericanos, así como con las cátedras oficiales de psicología en las grandes universidades de Europa y Norteamérica. Dirigidas en sus inicios por psiquiatras, neurólogos y filósofos. Apenas recuperadas, arrebatadas trabajosamente a estos,  a partir de la mitad de aquel siglo por los primeros e incipientes psicólogos de formación.
Pero los antiguos tenían una psicología altamente desarrollada, desde la India milenaria y los textos tibetanos, hasta Mesoamérica. La mayor parte de los comentarios de Baghadgita, por ejemplo, consisten en antiguas descripciones bastante detalladas de los procesos mentales.
El caso griego,  con Sócrates, su pensamiento es primordialmente ético, moral y fundamentalmente psicológico. Una preocupación sin fin por el alma humana estaría presente en todo su sistema y en sus acciones.
El uso de sus conceptos: exhortación e indagación, poseen una intencionalidad altamente psicológica. La exhortación sería la cualidad del discurso y de la mente de dirigirse hacia otros, argumentarles, contra argumentarles, convencerles e incluso persuadirles. Y desde luego que Sócrates era un gran exhortador de la juventud.
En cambio, la indagación, precisamente aludiendo a una daga que penetra, consiste en abrirse paso hacia el interior de los fenómenos y de los significados lingüísticos. El método socrático consiste en una continuidad  de detalladas preguntas y respuestas a las que se somete a un individuo, un autor, un libro, un discurso o un fenómeno. Se llegaría a decir de Sócrates que era uno de los primeros médicos del alma. Su método procedía al igual que el de los antiguos médicos de Egipto y Medio Oriente, de los cuales aprendieron bien los griegos: preguntando con sumo y cuidado detalle, examinando con cautela, deteniéndose, observando, volviendo a preguntar. Escuchando más que nada.
Empero, el objeto de estudio de Sócrates no era el cuerpo, sino su alma. Alma entendida por él como una cualidad moral deseable de la persona, una característica positiva de ella que de ningún modo poseen todos los hombres, no concebida como una entidad separada de su cuerpo. Tal como la definiera Platón y siglos después el cristianismo.
Con la indagación socrática, se comienza por interrogarse a uno mismo antes de partir hacia los demás o hacia el mundo y establecer cualquier juicio. De ahí el postulado: “Conócete a ti mismo…” Que gustaba al maestro. Todo conocimiento partiría de uno mismo. Por ello Sócrates sería conocido como el fundador del método inductivo, que luego se le atribuiría a su alumno Platón. Sócrates: el primer inductivista.
En la indagación, el principal interlocutor no son los otros. No se habla en este caso, o más bien no se piensa indagatoriamente para convencer a nadie, sino para esclarecerse a uno mismo. En el momento en que un conocimiento es sometido al escrutinio de la propia experiencia y del propio juicio en la indagación, es el instante en que un saber emana del lento horno intelectual de la indagación. Nos encontramos ante un trozo de sabiduría. Para convencer a otros, antes debe estarse verdaderamente convencido uno mismo.
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Cuando se conoció de antemano el resultado funesto en que desencadenaría un juicio maniatado y tendencioso al que fue sometido el maestro, sus alumnos pretendieron convencerlo de huir de Atenas, disfrazarse, ocultarse para evitar la muerte. Ayuda no le hubiera faltado, pues era apreciado y querido por jóvenes pertenecientes al ejército y la aristocracia, cuya influencia hubiese podido aprovechar para salvar el pellejo.
En ningún momento Sócrates hizo caso de aquellos consejos.  No pretendía traicionar sus principios por nada del mundo. Cuando le preguntaron aquellos jueces sí tenía alumnos o en qué escuela impartía clases, mencionó simplemente, que conversaba en los gimnasios y mercados, y que no tenía discípulos, sino amigos. En su filosofía tendría un valor por encima de cualquier posesión material, la amistad. Se preocupó siempre por el bienestar físico y emocional de sus alumnos.



miércoles, 23 de febrero de 2011

NUESTROS AÑOS JÓVENES: Los viajes psicoanalíticos de Erik Erikson

 


Todas las ideologías de nuestros años jóvenes albergaban algún plan salvador que dominaría para siempre después de tan sólo otra guerra, tan sólo otra revolución, tan sólo otro new deal.
(ERIK H. ERIKSON –Infancia y Adolescencia)


Antes de llegar a convertirse en psicoanalista se formó como pintor autodidacta. Era solitario, la mayoría del tiempo andaba sin compañía, cargando sus libros y sus dibujos en un portafolio de cuero. Siempre se resistió a las escuelas oficiales y a la educación formal. Más bien las evitaba por todos los medios.

Realizó largos viajes de días en bicicleta a través de Europa. Viajó pidiendo aventón, durmiendo a la intemperie bajo algún árbol o puente.   También a pie: fue un buen caminante hasta sus últimos días, cuando ya vivía en Nueva York y había conseguido convertirse en un reconocido escritor-psicoanalista.

Su familia también era completamente inusual, su padre biológico fue un noble austriaco quien abandonó a su madre -de origen obrero- antes que naciera el niño.

Ella terminaría casándose con el pediatra que atendía al chico. Desde entonces Erik Erikson se sentiría como no perteneciente a ninguna parte: con lejanas, perdidas y conflictivas influencias aristócratas, a las que miraba con resentimiento y a la vez nostalgia.

Comportándose como un eterno adolescente, poseedor de una singular e inherente aristocracia del alma, como decía Fedor Dostoievsky. Sin identificarse del todo con el mundo proletario al que perteneció su madre, mucho menos sintiéndose parte del mundo adulto burgués de su padrastro médico.

Por eso elegiría no ingresar jamás a la universidad, y, en cambio, optaría  por aprender de propia cuenta. De su decisión por el autodidactismo, acuñaría el término selfmade man, que utilizaría más adelante en sus obras para describir a las jóvenes generaciones europeas y norteamericanas, que se ufanaban de haberse formado y hecho a sí mismas. En contraposición a las conservadoras generaciones de padres y abuelos que les antecedieron. Deudoras irremediables de las exigencias de la sociedad y el deber ser.


Más tarde, en un artículo autobiográfico, Erikson confesaría haber encontrado en Freud, cuando lo conoció, a la mezcla de profeta, escritor, médico, revolucionario, patriarca, guía y salvador de la humanidad. La figura paterna de la que siempre careció en sus primeros años.

Erikson se autodefiniría como adolescente eterno e inevitable, adulto en lo necesario, también en lo imprescindible, lúdico infante, explorador y curioso de la ciencia, la vida, la cultura y el arte.

Desde una mirada psiquiátrica  severa, podría haberse catalogado a este joven artista como antisocial, inmaduro e inadaptado.

Un buen candidato para internación en el manicomio, según el diagnóstico de pocos comprensivos y tradicionalistas médicos.

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Comenzó a pintar y a dibujar por propia cuenta, sus únicos maestros los constituyeron las obras de los grandes artistas plásticos de todos los tiempos, a las cuales admiraba y analizaba detenidamente en cada uno de los museos de las ciudades por las que pasaba en sus prolongadas correrías adolescentes.
Por otro lado, tenía la ventaja de que le gustaba bastante la lectura, visitaba las bibliotecas públicas y se nutría principalmente de novela, ensayo, poesía y teatro. Con el tiempo descubrió obras más “serias” y “maduras”: textos filosóficos, de historia y de pedagogía. Así es que nunca, a lo largo de su vida, le faltaron buenos  libros con los cuales alimentar su hambrienta imaginación y su creciente acervo cultural.
No sólo leía, sino que se atragantaba con grandes cantidades de obras que asimilaba en breves períodos de tiempo.


En el camino de su autodidactismo y su búsqueda independiente, llegaría a una escuela creada por Ana Freud, la hija del fundador y patriarca del psicoanálisis. La heredera del psicoanálisis lo elegiría al instante como profesor de pintura de los pequeños pupilos de su escuela. En aquella institución, Erikson descubriría que sus talentos intelectuales iban mucho más allá de la plástica.

Pronto, Ana Freud lo aceptaría como discípulo, invitándolo a sus seminarios, recomendándole lecturas y transmitiéndole la técnica psicoanalítica.
El joven artista tuvo que someterse a psicoanálisis didáctico, es decir, aplicarse el psicoanálisis a sí mismo antes de analizar a otros, bajo la guía de su maestra freudiana.

Así, con el tiempo, sin tener una formación universitaria de base, como se recomendaba e incluso exigía a los candidatos a ser psicoanalistas, Erikson terminó trabajando en psicoanálisis de niños, asesorado y avalado por la tutela de Ana Freud. En unos años se enfocaría también en el estudio de adolescentes y adultos.

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La niñez se define por su necesidad de obtener seguridad, y que el infante adquiere, según Erik Erikson, de la relación sólida con los padres. O, contrariamente, le es legada en casos conflictivos, una inseguridad que le perseguirá por el resto de sus días. Haciéndolo dudar ante todos y por todo.


El adolescente lleva a cuestas el sino de la crisis de identidad. Debe descubrir quién es, o forjar a brazo partido, en una búsqueda dolorosa e incesante, lo que quiere llegar a ser.

Insertándose cada día en variadas y novedosas ideologías, cambiando de un momento a otro de perspectiva y forma de pensar.

La adultez debe permitirle al hombre y a la mujer conseguir una intimidad e integración sexual, aunada a la capacidad de comprender y solidarizarse con los demás. Ser capaz de conquistar y mantener a una (o unas –según) pareja.

Sin caer en egoísmos y narcisismos, los cuales serían un retroceso a etapas inmaduras de la infancia y la adolescencia.

En la ancianidad se  debe conseguir, por encima de todo, la calma y la sabiduría, templada a punta de golpes y heridas cicatrizadas exitosamente.

Contrariamente, la enfermedad de la vejez la constituyen la desesperación, la parálisis psíquica y la inmovilidad, producto de tanto preocuparse y fallar en esfuerzos erráticos a lo largo de una existencia infructuosa.

Erikson padeció severas crisis durante su adolescencia. Se debatía, entre convertirse en un médico del Alma, como Freud y en cierta forma, un doctor como su padre adoptivo. O continuar el impulso artístico que guiaba su personalidad plástica hacia el dibujo y la pintura.

Al final, justo en la etapa adulta, luego de transitar dolorosamente por las crisis de identidad adolescente, gracias a los diálogos con su esposa, logro crear una poderosa y conciliadora síntesis. Se convirtió en un gran ESCRITOR-PSICOANALISTA.

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Según insistió Erikson a lo largo de su obra, no es sencillo precisar teóricamente qué es una persona adulta o cuándo consigue serlo.

¿Es adulta por haber contraído un matrimonio civil o religioso? ¿Por conseguir el poder adquisitivo para comprar una casa o auto? ¿Por poseer una cuenta de banco, un puesto en empresa o institución, un traje de etiqueta…?

La respuesta, para este escritor-psicoanalista, depende de la cultura, la raza, la biología, la lengua y su propio desarrollo individual. Mismos que ejercen fuertes variaciones e influencias según la geografía, las prácticas sociales, culturales y psicológicas. Pero también de las decisiones individuales que emprende cada quien para liberarse, madurar, o, contrariamente, continuar en el limbo de la inmadurez, los fanatismos y la dependencia.

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En los años sesentas, en la prisión de San Quintín, un periodista norteamericano solicitó un permiso para ingresar a las crujías y entrevistar a tres jóvenes prisioneros políticos.

Habían sido arrestados durante una manifestación frente a Washington.

Al entrar a la celda de uno de los jóvenes activistas, un muchacho de color, de veintitrés años, algo llamó de inmediato la atención del reportero: el libro: Infancia y Adolescencia. De Erik Erikson. El cual constituía una de las lecturas de cabecera de los jóvenes revolucionarios, quienes esperaban para ser procesados por rebelarse contra el Sistema Político Norteamericano.
Negándose a toda costa a recibir la benevolencia del FBI y su dudoso perdón.
Constituían la encarnación de lo que Erikson fuera y escribiera pocos años atrás. Los Self Made Man.

PG

El autor: Carlos Filiberto Cuéllar

Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx