Adan de Abajo

Desde la antiguedad los alquimistas intuían la presencia del OTRO YO, nombrándolo Adán de Abajo. El psicoanálisis más tarde lo bautizaría como Inconsciente.
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jueves, 21 de julio de 2016

Krishnamurti: La Muerte del Observador





1

Casi siempre sus escuchas y seguidores eran extranjeros, más que nada de origen europeo o norteamericano, los menos consistían en orientales de castas elevadas y clase social alta. Principalmente indios, nepalíes, chinos y sirios provenientes de familias acomodadas.

Ese verano lo pasó en el norte de la India, en un valle empobrecido donde se elevaban penosamente una serie de chozas de campesinos demasiado humildes: criadores de búfalos, cultivadores de arroz e índigo.

A pesar de su austeridad y de lo famélico de sus habitantes, la belleza de los bosques y campos en derredor era fastuosa.

En el centro del valle, al pie de unas montañas bellísimas, se erigía una escuela para niños y adolescentes sustentada por una fundación que llevaba su nombre. Tal como él lo señalara al inicio de sus charlas ese día, hace más de cincuenta años que  visitaba aquel lugar, desde mucho antes de convertirse en un popular orador de  nivel mundial, guía espiritual y maestro. Cuando era apenas un pre-púber  de clase baja que jugaba en las playas y bosques de la India sin preocuparse por nada. 

Poco antes que los miembros europeos de la Sociedad Teosófica lo encontraran vagando en la costa y creyeran ver en su presencia infantil, la reencarnación del nuevo mesías.

 No pasaría mucho antes de que los decepcionara, disolviendo aquella pretensiosa sociedad, donando sus cuentas bancarias a las familias más necesitadas de India y dedicándose para siempre a la reflexión independiente y a la prédica por completo libre de todo credo, iglesia o institución. Decisión que lo convertiría en uno de los personajes a la vez más peligrosos e influyentes del siglo XX. Como él mismo lo señalara: no existe peor enemigo del sistema que aquel que no necesita del propio sistema: quien ha conquistado su libertad interior.

Pero hoy su público constaba principalmente de niños indios, tibetanos y nepalíes, algunos que otros occidentales, asistentes diarios de la escuela fundada bajo su nombre y enseñanzas.
Causaba un fuerte contraste contemplar a los estudiantes bien alimentados y de buen color, aunque también indios en su mayoría, quienes contaban con el privilegio de recibir una buena educación inspirada en la filosofía de vida del maestro que hoy les hablaba, además de sus infaltables tres comidas. En comparación con los escuálidos campesinos, quienes se afanaban desesperados por conseguir el sustento diario para su familia.

Aquella escuela en el Norte de la India estaba financiada con presupuesto de la ONU y de diversas organizaciones europeas sin fines de lucro. Krishnamurti viajaba periódicamente desde su casa en el Desierto de Mojave, en los Estados Unidos, hasta su natal India para dictar conferencias regulares a estudiantes y docentes. Cerciorándose  que en verdad se alentara en aquella institución, no sólo el desarrollo del intelecto, sino el de un espíritu sano, criado en la tolerancia, la sencillez y la pureza interior.

2

Aquella mañana uno de los más jóvenes asistentes lo increpó, sin ningún temor, con una sola pregunta de lo más directa:
“¿Porqué queremos vivir…?”

Su interlocutor tenía apenas seis años.

El resto de los estudiantes y docentes estallaron en risas, mofándose de la candidez del chico, pero molestando sobremanera al maestro con sus burlas.

Este tipo de preguntas que no buscaban darle vuelta al asunto principal y que no se perdían en laberintos ni pretendían ensalzar un ego falso, carentes de toda malicia y presunción, eran las que más gustaban a Krishnamurti. Por ello confrontó al resto de su público, rescatando y valorando en justa medida la intervención del niño.

Le dolía muchísimo que un niño tan pequeño, casi un bebé, se preguntara la razón por la que los hombres quieren vivir. Si alguien hacía esa pregunta, señaló Krishnamurti a sus numerosos escuchas, sobre todo de acuerdo a su corta edad, era porque ya desde entonces le parecía que la sociedad mostraba a sus miembros más jóvenes sus lados más bestiales y monstruosos. Que un niño tan pequeño percibiera el sinsentido de la vida era una cuestión grave, de suma preocupación.

Otros niños lanzaron entonces nuevas preguntas:

“¿Cómo puede acabarse con la violencia, la guerra y los males del mundo…?”

Pregunto ahora otro, unos dos años mayor que el primero.

“Debe eliminar la violencia y el mal que hay en usted mismo. Uno no puede arreglar el mundo ni a los otros si no se ha vuelto él mismo un ser realmente pacífico en primer lugar…”

Respondió Krishnamurti.

Ahí estaba gran parte del núcleo de sus enseñanzas. No era posible buscar ningún cambio en lo exterior, ni político, ni religioso, ni revolución social alguna,  mientras no se procurara un cambio interior primero. Es lo más fácil voltear hacia los males externos, los errores de la sociedad y de los otros. Señalar las desviaciones y vicios de los demás. Lo más arduo y difícil es acceder hacia el interior de uno mismo y erigir un orden interno. Percatándose de las propias bajezas, asumiendo las contradicciones con el corazón. Empero, sin esta calma y paz personales previas, no es posible pensar si quiera en un mundo distinto.

Sin la revolución interior, todos los cambios y movimientos sociales estarían destinados a fracasar o convertirse en potencialmente más nocivos que los regímenes u órdenes viejos a los cuales pretendían desbancar para imponerse.

3

Krishnamurti recomendaba en primer lugar ser capaz de borrar al Yo, al Observador incesante del Ego, que lo analiza, reflexiona y categoriza todo de manera sistemática. ¿Es posible eliminar al Observador imparable que vive dentro de nosotros? Se pregunta el maestro indio.

Cuando somos capaces de perdernos y dejarnos absorber por nuestras actividades más sencillas y 
vivificantes: descansar en un jardín, contemplar la tarde, escribir, cantar, dibujar, acariciar a otro ser: sea animal o humano. Sin estar más que simplemente realizándolas, olvidándose del Ego analítico, del Observador, fusionándose sencillamente con las cosas del mundo, sus sucesos y fenómenos. Entonces se capta algo fundamental de la existencia: la no diferencia entre nosotros y el mundo.  Entonces se está bastante cerca de experimentar aquello que se conoce como la verdad, dios o lo que sea que está más allá de lo personal.

4

Cuando llegó la tarde, a la hora de comer, el maestro se sintió algo acongojado y triste. Pensó en todos aquellos jóvenes, niños y entusiastas profesores antes de despedirse y mirarlos por última vez ese día. ¿Cuántos de ellos no perderían su ánimo y vitalidad en breve tiempo, cuántos no eran ya ancianos por dentro, a pesar de contar apenas con poca edad, debido a la ambición de éxito, a la búsqueda de reconocimiento y ascenso social, a la cual contribuían los sistemas educativos tradicionales con su adoctrinamiento?

Alguien le hizo una última pregunta, muy certera y precisa, bastante ad hoc con sus últimas y silenciosas reflexiones. Era una niña:

“ ¿Porqué tememos la muerte…?”

“Tememos a la muerte física, porque en el fondo nos aterra la muerte del Ego, que es el fin del dejar de pensar. Si pudiésemos silenciar al observador o al Ego, no temeríamos la muerte, porque conoceríamos desde antes la eternidad… Veríamos que la muerte no existe…”

Respondió el maestro, sereno.

Al finalizar la última sesión de preguntas, los chicos corrieron porque era la hora de la comida. Olvidándose de sus enseñanzas por el momento.


Krishnamurti contempló las montañas y los bosques que rodeaban la escuela. Un silencio sin nombre lo regocijó, siendo su principal alimento de aquel día. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

CRISTÓBAL JODOROWSKY: SOBREVIVIR LA MUERTE DE UN ÁNGEL

                                                    CRISTÓBAL JODOROWSKY, EN SANTA SANGRE.



Cada uno es responsable del mundo en que quiere vivir

y decide cómo vivirlo, con milagro o con pesadilla, lúcido o dormido,

como un ser de negatividad o como un ser de reluciente magia.

Claro que la pesadilla es más fácil, puesto que ésta

nunca nos parece una creación nuestra

y no nos sentimos responsables.

 

(CRISTÓBAL JODOROWSKY –El Collar del Tigre)

 

 

Dedicado con muchísimo amor a mi hermano Rodolfo: tarotista, violinista,

cantante, compañero de charlas y caminatas,  queridísimo ángel, ya elevado.

 

 
1.    Sobrevivir la muerte de un ángel

“El tiempo de paz es cuando los hijos entierran a sus padres. El tiempo de guerra es cuando los padres entierran a los hijos”. Dice Cristóbal Jodorowsky, el hijo de Alejandro y de Valerie, en su libro: El Collar del Tigre. Mismo que se encuentra gratuito y disponible para su descarga en la web.

Es demasiado triste cuando la gente más vieja se ve obligada a enterrar a sus familiares jóvenes: cuando los hijos y los nietos fallecen a los diez y tantos de edad, a los veinte y poco más. O aún más jóvenes e inexpertos de la vida. Estos son los momentos de guerra, según Jodorowsky hijo.  Desde épocas muy antiguas no es lo esperado, empero, en un mundo antinatural, es lo natural, a veces. Ello indica que algo no está bien, sobre todo a nivel  del árbol genealógico y la estructura familiar. La gente que muere demasiado joven, sin haberse enamorado, o sin haber conocido casi nada, en ocasiones se encuentra poseída por el fantasma de un ancestro, repitiendo inconscientemente la biografía de un pariente lejano, quien también desapareció a temprana edad. Presumiblemente de la misma enfermedad o en un siniestro análogo al de su predecesor. De hecho casi todos nosotros nos encontramos poseídos por nuestros ancestros, dominados por voluntades que en realidad no nos pertenecen. Gastando nuestras energías en vivir la vida de otros. Aunque  soñemos ilusamente que nuestras decisiones son libres y nuestra visión del mundo única e irrebatible. De aquí que técnicas terapéuticas actuales como las Constelaciones Familiares, la Psicomagia, la Psicogenealogía y el Psicochamanismo, vayan dirigidos a la sanación del árbol genealógico.  Según estas perspectivas, a la vez novedosas y milenarias, el hombre sano, el iluminado, es aquel quien ha conseguido liberarse de las voces internas de sus padres y ancestros que lo controlan y que de ningún modo son suyas. Exorcizando a su verdadero Ser Esencial.

Sin formularlo conscientemente y sin proponérselo, los rituales de la magia y el chamanismo ancestral, en parte iban también dirigidos a la expulsión de demonios, a disolver maleficios y maldiciones familiares. Rescatar al iniciado de la influencia nociva de su familia y su sociedad, poniéndolo en el camino de sí mismo, de ser verdaderamente él. En esto consistía el despertar.

Si Alejandro Jodorowsky es el creador de la Psicomagia, Cristóbal, como buen hijo suyo, no sólo es un gran psicomago, sino que por su propia cuenta ha acuñado el Psicochamanismo. Es un moderno ciberchamán, un psychochaman, del mismo modo que Alan Moore y Grant Morrison: dos Merlines contemporáneos. Entendiendo a estos últimos, como herederos de toda una tradición muy antigua de curanderos, espiritistas, sanadores, artistas y actores de la sabiduría perenne, pero que hacen uso de la tecnología y otras herramientas de la vida actual: la música electrónica, el cómic, el cine, la Internet, la cibernética, los teléfonos móviles, etc. Para orquestar tanto sus actos de sanación y su arte, como para difundir su trabajo y obra. De hecho Cristóbal dedica varias horas a la semana de su tiempo para realizar consultas terapéuticas gratuitas en un foro virtual frente a una webcam.

Alejandro y Cristóbal Jodorowsky en algún punto de sus vidas debieron sobrevivir la muerte de un ángel.

Teo era el miembro más joven del clan  Jodorowsky. Tenía veinte y tantos de edad, era actor, boxeador y atleta. Se encontraba trabajando para una importante firma teatral en Europa, viviendo en unión libre con su novia. Cuando lo encontraron muerto de una sobredosis en su apartamento, su pareja llevaba un par de meses de embarazo, preñada con su simiente. Cuando menos les quedaría un ángel como recuerdo del primero.

Cristóbal se había ido hace más de un año para Chile a emprender una carrera como actor. Al enterarse de la muerte de su hermano más joven, quedó destruido.

Es difícil superar la muerte de un ser amado. Sin embargo, posee un grado de dificultad extra, cuando el ser amado era mucho más joven que los deudos, casi un niño. Un ángel en realidad. En aquel momento, el padre, Alejandro, se atormentaba y culpabilizaba a sí mismo hasta la muerte. Casi en todos nosotros resurgen añejos sentimientos de culpa en el momento del duelo afectivo, lo bueno y lo malo de nuestros recuerdos junto al ausente.

Tras varios meses de encierro y depresión, Cristóbal salió de su casa, dispuesto no sólo a asumir el dolor, sino a sanear de golpe y finalmente, su árbol genealógico enfermo, de donde provenía la causa de la muerte de su hermano. Proponiéndole a su padre un acto psicomágico definitivo para limpiar de una vez por todas la historia nociva de su familia. No estaba dispuesto a permitir que siguieran falleciendo injustamente ángeles, querubines y jesucristos entre sus parientes, debido a una genealogía enferma.

2.    Convertirse en ángel.

Mi hermano murió igualmente joven, a los 22. Tenía una habilidad nata para leer el Tarot y otra tanta para la música, también era un gran atleta y poseía una hermosa voz de bajo, se preparaba para ser cantante de ópera y violinista. Lo internaron debido a un tumor en los lóbulos frontales, sin cuestionarse si quiera un poco los médicos, acerca de la posibilidad de un tratamiento alternativo. El tumor no era cancerígeno en lo absoluto, pero los médicos, porque no eran doctores de ningún modo como en el sentido antiguo, ignoraban cualquier otra opción que no fuese la violenta intervención quirúrgica. Y lo operaron. Durante los catorce meses posteriores a la cirugía cerebral, que culminaron en su deceso ya inevitable, cada que lo visitaba en casa de mis padres y lo veía postrado en su cama eléctrica, siempre pensé en el libro de Lobsang Rampa: El Tercer Ojo. Si acaso aquella glándula calificada como anómala en su cerebro, no sería más bien parte de los poderes artísticos y espirituales que caracterizaron a mi hermano. Rampa dice que en la India y el Tíbet, los iniciados eran sometidos a una operación secreta, en donde se les injertaba una pequeña estaca de madera, precisamente en la frente, para estimular su visión del otro mundo y sus poderes psíquicos. Mi hermano Rodolfo había ido desarrollando con la ayuda de su guía espiritual, una poderosa intuición: era capaz de hacer parpadear las bombillas de luz y las lámparas tan sólo haciendo un esfuerzo de concentración mental. Tenía amplias facultades para conectarse con la Güija y para leer el Tarot. También se iba convirtiendo en un magistral cantante y violinista. Su Tercer Ojo fue visto bajo la luz del paradigma médico dominante, siempre como un intruso y como algo patológico. Así mismo, Rodolfo era homosexual, y en nuestro árbol genealógico al parecer hay una larga tradición de homosexuales, locos  y artistas incomprendidos. No era el primero que moriría siendo gay, artista marginal y de un tumor en el cerebro dentro de mi familia.
 
                                                                   CRISTÓBAL JODOROSKY EN SU ESTUDIO EN PARÍS.


Aprendí que el argumento médico siempre consiste en el miedo y en el terror con fines de control, para quebrantar y someter a las personas a su visión súper tomista y minúscula. Si no se hace lo que ellos prescriben, según ellos, sobrevendrá la muerte y el agravamiento de las enfermedades. Rodolfo murió de cualquier manera, a pesar que mis padres, atemorizados por las advertencias y amenazas de los cirujanos, hicieron al pie de la letra todo lo que se les indicó.

Observé que cuando menos en mi país, existía una siniestra complicidad entre el gremio de los médicos, los políticos, los clérigos y religiosos, para someter, quebrantar, adaptar y reeducar a los pocos individuos que se atrevían a ser distintos y emprender el camino de ser ellos mismos. Si el infierno había sido abolido por decreto papal en los años ochentas, el VIH y la homosexualidad serían los nuevos Avernos y demonios para castigar o perseguir a los que se atrevieran a vivir la totalidad de su ser: sexual, creativa y espiritual.

El Collar del Tigre de Cristóbal Jodorowsky, cayó en mis manos en el momento más intenso de mi duelo por la perdida de Rodolfo. A pesar de la tristeza y el enojo hacia mis familiares por haber permitido y sido cómplices inconscientes de su muerte, comprendí que al igual que Cristóbal, yo mismo debía emprender la tarea de sanación, perdón y armonía hacia todo mi árbol genealógico, de donde provenía la causa principal de la muerte de mi hermano: de la vergüenza por asumir el verdadero ser, el odio a la homosexualidad, a la sexualidad misma y debido al rechazo total hacia los artistas y los seres libres. En el fondo era un cáncer que no involucraba únicamente a mi familia, sino a toda una sociedad caníbal, represora, castrante y  doble moralista.

Lo esperado no es que los viejos entierren a sus hijos, como señalé arriba, citando a Cristóbal, sino que éstos lo hagan con los primeros. Hasta el ángel, enviado por Dios, detuvo la mano de Abraham antes de asesinar a su hijo por órdenes suyas en el Antiguo Testamento. Incluso es una obligación ética desobedecer a Dios, si éste ha ordenado un acto injusto y se encuentra de por medio la vida de un inocente o de un cordero. Y esto también se encuentra en la Biblia, sobre todo en los Evangelios.

Pero al igual que Teo, el hermano de Cristóbal, mi hermano se había convertido en un ángel, no sólo por su belleza física y espiritual, sino por el férreo y doloroso trabajo de haberse atrevido, en su corta vida, a ser él mismo, y de luchar contra lo que fuese, por tal de lograrlo. Hay quien en toda una vida, muchísimo más larga y estéril, no ha hecho ni siquiera un uno por ciento del trabajo y las decisiones que mi hermano asumió para convertirse en un ser auténtico.

Existe una tradición iniciática antigua, la cual indica que los ángeles no fueron creados por Dios mediante generación espontánea, sino que ellos se hicieron a sí mismos a través de un duro trabajo de perfeccionamiento y purificación. Acercándose gradualmente en cada reencarnación, a su amado Creador. En el Tarot, por ejemplo, la Carta denominada La Templanza, que corresponde al arcano número catorce, habla precisamente de alguien quien mediante un dificultoso trabajo de perfeccionamiento y sanación, se ha convertido en un ángel.

Transformarse en ángel es uno de los trabajos más difíciles, que puede conllevar el esfuerzo no sólo de una vida, sino de varias reencarnaciones más para purificar y templar la misma alma a lo largo de su larga peregrinación transmigratoria.

La finalidad de algunas tradiciones esotéricas muy viejas, consistía precisamente en preparar al hombre para la verdadera evolución y el abandono de su condición terrena, para convertirse en ángel. El estado actual del ser humano tal como lo conocemos, no es más que el posible principio de una vida mucho más amplia, plena y rica. Del mismo modo que la crisálida es la antecesora de la mariposa. Aquellos que nombramos ángeles, son el siguiente estadio de la verdadera evolución espiritual.

 Algunos seres como mi hermano, como Teo y como Cristóbal, se encuentran en ése camino. Enriqueciendo y nutriendo la vida de aquellos quienes tenemos el privilegio de haberlos conocido, coincidido en nuestras vidas o contactado con su obra.

3.    La muerte del Toro

Cristóbal casi se muere de miedo al coger la pistola eléctrica para matar reces, en aquel rastro de algún barrio en París. Había acudido expresamente para realizar un acto psicochamánico: asesinar de un golpe a un toro, con la ayuda de un antiguo compañero de escuela, carnicero y actor. La finalidad era recuperar metafóricamente su propia virilidad y resarcirse a sí mismo de las crueldades inconscientes de su padre hacia él durante la infancia, así como de todos los pecados cometidos por sus ancestros.

Previamente habló con el inocente animal, le pidió permiso para matarlo y comérselo, explicándole que la finalidad de todo ello era la curación de su árbol genealógico. Dice que entonces comprendió que en realidad no es malo matar a un animal para comérselo: había sido vegetariano casi toda su vida.

Al accionar el gatillo y ver desplomarse la bestia, estuvo cerca del desmayo. Una vez muerto se dio un baño con su sangre, cortó sus testículos para realizar una ceremonia. Los cocinaría para su padre y los comería junto con él, asumiendo en nombre de todos sus ancestros, una virilidad espiritual sin precedentes y un respeto por todos los seres que le antecedieron. Era un poderoso y efectivo acto terapéutico y teatral.

            Al terminar de escribir las últimas frases de este trabajo, también yo medito y envío desde mi corazón, las mejores energías y rayos de amor para mi hermano Rodolfo, para mis padres, tíos, abuelos y todos aquellos quienes estuvieron antes que yo. Trabajando cada día por purificar  mi árbol genealógico, esforzándome con todo mi ser para que tampoco vuelva haber ángeles, querubines, serafines ni jesucristos, desaparecidos o asesinados prematuramente dentro de mi propio clan.

viernes, 25 de febrero de 2011

OSHO: EL GURÚ-TORO

 

Para Gerabad Pérez, amigo y buen lector de Osho
1
Lo primero, su nombre verdadero: Basho. Nacido en una empobrecida casta de brahmanes, campesinos y criadores de gallinas. La gente misma con el tiempo comenzó a llamarlo Osho, simplemente, en referencia al Budismo Zen, aludiendo a la sabiduría conseguida como maestro.
Criado por sus abuelos maternos, quienes inculcaron en él, respeto hacia diversas religiones de caminos aparentemente distantes: hinduismo, cristianismo, jainismo, budismo, etc. Le leían en voz alta, lo mismo el Bagadgita que la Biblia, el Corán, los Evangelios apócrifos. A pesar de tratarse de ancianos campesinos, le enseñaron a recitar poco a poco los libros sagrados e iniciáticos en sesiones nocturnas, antes de irse a la cama: desde la  Odisea y la Iliada, hasta los Evangelios y el Libro Tibetano de los Muertos.
La lectura consistía en un rito, una forma de alimento del alma. Se trataba de paladear y saborear cada letra y cada palabra de aquellas escrituras antiguas y sacras. El mismo Osho recomendaría más adelante a sus alumnos, de ningún modo leer por leer, no hacerlo compulsivamente, no memorizar por nada del mundo conceptos ni almacenar teorías. La mecanicidad de la memoria en la educación occidental, según este maestro hindú, es la peor enemiga del verdadero conocimiento. La memorización mecánica crea máquinas almacenadoras de datos y palabras, computadoras, monigotes que repiten ideas sin cesar, de ningún modo hombres sabios ni despiertos.
Este tipo de lectura alimenta en falso ego y pierde al hombre aún más, leer de tal modo resultará seriamente nocivo para alguien.
Por ello deducimos, acerca de los modernos métodos y cursos de lectura veloz, que no llevan sino a una mecanicidad y automatismo de los hombres cada vez mayor. Seguramente ninguno de estos métodos agradaría al buen Osho.
Probablemente los peores enemigos del buen hábito de la lectura son los mismos profesores y sus ignominiosos métodos.
De esta misma mecanicidad de la lectura se logra deducir mucho acerca de por qué existe tanta gente en los tiempos actuales que detesta la leer y aborrece los libros. Y los pocos lectores que aún abren algún libro, son meros recitadores y repetidores de ideas, no exentos tampoco de obesos egos.
Se debe leer despacio, contemplar los párrafos, un poquito cada día. Respirando al mismo tiempo, relajado al máximo, disfrutando lentamente el sentido profundo del texto. Imaginar luego al autor y encontrar su intención, ubicarse frente a su pensamiento y degustarlo sin prisa. Comerse despacio al autor, según sus propias palabras. Esto es dejarse poseer por la sabiduría de un escritor ya difunto, un maestro de otra época, o un libro sagrado e imperecedero. Desde los Vedas y la Biblia hasta el Quijote o Freud.
Se trata de leer los textos sagrados no sólo con el intelecto, sino con las emociones en las manos. Sabiendo lo que se está sintiendo y experimentando a cada paso de la lectura. El verdadero conocimiento y la lectura consciente implican a todo el ser del lector en el acto mismo y en el instante de leer, no únicamente a su razón.
Convertir a la lectura diaria en un disfrute, un verdadero acto de contemplación y meditación. Tal como lo fue para los antiguos. Por ello, en tiempos perdidos, algunos maestros dedicaban toda una vida a leer un solo libro.
Osho dirá en una de sus pláticas, en sus Charlas sobre los Nueve Toros del Zen, que el libro más sabio y más antiguo que conocía, era un inmemorial texto tibetano, cuyas páginas, todas, se encontraban completamente en blanco. Al leerlo, el iniciado únicamente contemplaba y meditaba sobre la blancura de su vacío.
Y esto podría llevar a una de las meditaciones más hondas y a la experiencia de aprendizaje más profunda que alguien pudiese conocer.
 
2
Lo mismo con la escucha y el diálogo. No es posible aprender de alguien si en todo momento se encuentra interviniendo la razón y el análisis hipotético y lógico. No se puede escuchar en verdad a nadie imponiéndole conceptos, prejuicios y experiencias previas que nublan la imagen del presente.
Osho advertía a sus discípulos que toparían con un doloroso y áspero muro si pretendían relacionarse con él mediante la vía del intelecto. Que él no era un intelectual de ningún modo. Para llegar a ser alumno de Osho debía renunciarse al intelecto y en cambio sumergirse en el camino del alma y del corazón.
Y vaya que conocía métodos psicológicos para destruir el falso ego y los esquemas intelectuales de quienes se acercaban a él.
De ahí que utilizara la metáfora del Toro para aludir al Espíritu. El Toro habitaba en las profundidades del ser humano desde el inicio de los tiempos.
El joven iniciado, al comenzar la meditación o la práctica espiritual de cualquier escuela (incluyendo el psicoanálisis) comienza a intuir la presencia de aquel ser hasta ahora desconocido. El Otro Yo, al cual vislumbraron demasiadas tradiciones psicológicas y místicas de Occidente y Oriente. El Otro Mí.  Pero el Toro, según Osho, no se encuentra en un principio domesticado ni está de ningún modo acostumbrado al contacto manso con los hombres. Mucho menos dispuesto a permitir a nadie que se le aproxime. El joven novicio de cualquier tradición psicológica o espiritual, deberá acercarse lentamente a su Toro. Paso a paso, avanzando tan sólo un poquito cada día, tal como lo hizo el Principito al domesticar al huidizo y desconfiado Zorro. Siendo disciplinado y constante a la hora de vislumbrar a la Bestia, pero tampoco temeroso ni dubitativo. Porque el animal gusta de la adrenalina y saborea el miedo.
El Toro es capaz de propinar poderosas embestidas, sacudir, estremecer y espantar a la mayoría. Bastante gente huye en los primeros pasos de experiencias psicológicas profundas o místicas. Algunos se sumergen un poquito nada más, y luego se asustan tanto que se alejan para siempre de la búsqueda. Perdiendo del todo, debido al miedo causado por el Toro, cualquier oportunidad de conocerlo y domarlo.
Pensamos en estos momentos en los síntomas mentales de diversos trastornos psicóticos y neuróticos, donde el individuo comienza a percibir al Toro, al Otro Yo, pero como ajeno a sí mismo. Una proyección, desde luego externa de lo que habita en el interior. Entonces comienza la ansiedad,  la paranoia y las persecuciones delirantes, pues no puede llegarse a ningún lado ni esconderse de sí mismo.
No son pocos quienes huyen para siempre, espantados ante los primeros pasos en el abismo de la inmersión en la meditación profunda, el psicoanálisis o la terapia con sustancias psicoactivas.
Con paciencia, un poco de no excesiva disciplina, la ayuda de un maestro experimentado (no sólo teórico) llegará el día en que se pueda tocar y acariciar el lomo del Tauro. Con algo de suerte quizá  se encuentre el momento de saltar sobre él y montarlo, volviéndolo amigo y aliado.
Quizá no exista hombre más congruente que aquel quien ha logrado convertirse en el mejor amigo y aliado de sí mismo. Una unidad con su Inconsciente o su Yo profundo. La coherencia más absoluta dentro de la incoherencia del flujo de la vida.
Como cualquier bestia del reino animal y espiritual, el Toro acabará acostumbrándose al trato cotidiano. Del mismo modo que el Zorro del Principito, aprenderá a gustar de las caricias, también de los latigazos imprescindibles, si es que el iniciado, ya con cierto grado de desarrollo, se ha tomado en serio su búsqueda. El Toro entonces ya no es un extraño, sino un colaborador y amigo.

 
3
Los sueños de gran cantidad de hombres están plenos de Toros, Perros, Ratas, Dragones, Vacas, Mulos u otros seres quienes se manifiestan, representando en el mundo onírico la parte espiritual indómita de cada cual, según se temple y temperamento. Muchos los temen y rehúyen durante toda la vida. Comprensiblemente, pues no es sencillo, como se ha descrito, de ningún modo, acercarse, mucho menos domar al Toro. Perdiendo no obstante la oportunidad de experimentar y aprender quizá el único conocimiento que vale la pena en esta vida: el conocimiento de uno mismo.
Se aprende con demasía de los animales. Es muy probalbe que quien no se ha tomado la molestia ni el sobreesfuerzo de criar y educar a algún animal, experimente mayores y severas dificultades para encontrar y entrenar a su propio Toro.
Concluimos, quizá un poco tajantemente, que quien no respeta ni mucho menos sabe tratar ni domar a los animales, (aunque sea las cucarachas y los ratones de su casa) difícilmente podrá intuir siquiera la presencia del Toro en su propia alma. No hablemos siquiera de cómo educarán a sus niños y tratarán a sus semejantes, aquellos quienes se sienten superiores o desprecian a los animales.