Adan de Abajo

Desde la antiguedad los alquimistas intuían la presencia del OTRO YO, nombrándolo Adán de Abajo. El psicoanálisis más tarde lo bautizaría como Inconsciente.
Mostrando entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de junio de 2011

EN LA RUTA DE PARMÉNIDES GARCÍA SALDAÑA

Parménides García Saldaña



 

El éxtasis de las buenas almas se había transformado (súbitamente) en tedio.
La droga había dejado de ser efectiva.
El gran cambio de la Flower Generation confirmaba, una vez más,
la pequeña verdad (very earthy) de Karlitos Marx:
las revoluciones burguesas tienen corta vida.

Parménides García Saldaña –En la Ruta de la Onda



Un personaje de singularidades extravagantes que, a veces,
sustituía la cannabis por la coca, para que el olor de la mariguana
no incomodara a la gente del vecindario.

Rosa Carmen Ángeles–Una De Parménides García Saldaña




1

Es difícil negar algo a un amigo. Mucho más si los vínculos y las identificaciones, sean estas afectivas, carnales, ideológicas, homosexuales subconscientes e incluso patológicas hacia él, se encuentran cebados y alimentados por una complicidad silenciosa. Las drogas unen con cierta frecuencia a algunos adictos entre sí mediante un pacto que consiste en no delatar al compañero pacheco, cocainómano o inhalador de crack. Incluso entre  quienes únicamente tienen acceso al  “toncho” o “tonchito”: suerte de bolsa de plástico donde se respirará el célebre y fino pero poco elegante aroma, disecador de neuronas del tonsol. Entre ellos existe un pacto de protección mutua casi sectario.
Está también el adicto solitario, quien prefiere la complicidad de su propia alma para drogarse o embriagarse. Aquel quien quizá fue incapaz de respetar el código de silencio entre sus cuates y otrora fue expulsado de alguna celosa logia de adictos impíos. O el otro más, también solitario, quien ha logrado, mediante un duro proceso de individuación, valerse por sí solo y atenerse únicamente a sí mismo en el infinito camino de auto complacerse y darse sus gustitos.
Quien rompe el pacto al delatar al camarada, también fractura irremediablemente sus vínculos con la tribu y pierde por siempre el amor todopoderoso de su otra familia (acaso la verdadera): los compas y la droga.
Sólo entre ellos entienden sus códigos individuales y saben del pesado y denso humo de la marihuana, del dulzón aroma de la piedra al fundirse: “como de paletas de frambuesa derretidas…” que los extasía. Nadie rebelaría ante el padre o la madre del camarada, del compa, menos delante de la chica a quien éste pretende seducir, ligarse o sencillamente cogerse, su filiación hacia las sustancias.
Según el psicoanálisis, por cierto, existe un componente altamente incestuoso en la vinculación afectiva hacia determinadas drogas: “la María…, la Macoña…” Como nombran cariñosamente y con veneración sus adeptos, sus  hijos, quienes nunca jamás lograrán escabullirse de ella aunque lo intenten infinitamente, “ni que fuera gripa…”, a la cannabis.
En verdad es difícil negar ciertas cosas a un amigo.
La literatura y la filosofía también pueden establecer un vínculo de fraternidades sediciosas. El conocimiento puede producir los mismos efectos que en el opiómano su vicio: un impulso irrefrenable por compartir y contagiar a otros con las verdades recién descubiertas y develadas. Quien se encuentra con un autor o una teoría nuevos y se fascina con ellos, por poco complejos u obvios que estos resulten, busca desesperado compinches a quiénes mostrar sus descubrimientos y a quiénes contagiar de su repentina iluminación.
En el impulso creativo de no pocos escritores, se encuentra bastante latente y a veces de manera franca y descarada, el deseo de seducir, convencer, persuadir, incluso corromper, de apropiarse y secuestrar el alma de sus lectores. De convertirlos en adeptos suyos, en adictos a sus ideas, a sus verdades, a su propia luz y a sus escritos. Alguna vez él también fue seducido, enviciado y convertido a cierto tipo de conocimiento, sea éste esotérico, hermético, místico, poético o filosófico. De modo que al convertirse él mismo en escritor, se constituirá a perpetuidad en iniciador de otros espíritus novicios y neófitos, quienes caigan en sus garras o lean por accidente e infortunio sus textos.
2
A José Agustín le resultó imposible abrir la puerta de su departamento al amigo quien le llamaba e imploraba a las tres de la madrugada.
Primero lo escucho llorar y suplicar como un perrito abandonado desde el pasillo helado de aquel edificio de condominios en la Ciudad de México cerca de Tlaltelolco. Al no recibir respuesta, Parménides García Saldaña, sabiendo que su amigo escritor se encontraba dentro, enfurecido, comenzaría a arrojar insultos y a gritar fuera de sí, pateando la puerta y orinándose sobre ella. Maldiciendo a sus cuates, a su madre, a su familia, a dios y a la sociedad.
José Agustín y Parménides habían compartido muchas experiencias: etílicas, filosóficas, cannábicas y literarias. José Agustín cuenta en su libro El Rock de la Cárcel, que se le partía el alma al saber que no podía de ningún modo abrir la puerta a un amigo entrañable quien había enloquecido. Dentro se encontraba también su esposa, y no le resultaba nada cómodo exponerla a los desvaríos del loco. Dicen que Parménides solía además enamorarse de las mujeres de sus cuates. En distintas épocas pero por motivos semejantes, ambos estarían en la cárcel. Sólo que Parménides recaería varias veces más, no sólo en los penales por posesión de drogas y escándalos, sino en los psiquiátricos por su condición mental crecientemente deteriorada. Nunca tuvo una relación estable con ninguna chica, aparte de los encuentros casuales con otras adictas y bebedoras,  amantes ocasionales igualmente inestables a él y sexoservidoras. El vínculo entre Parménides y José Agustín acabaría fracturándose de cualquier manera. La complicidad estaba rota para siempre.
En sus travesías psicotrópicas y alcohólicas, García Saldaña sufriría más adelante un accidente que lo reduciría a una silla de ruedas durante casi un año. Muchas veces sus amigos lo encontrarían viviendo en la calle y haciendo cualquier cosa con tal de conseguir droga.
Resultaba difícil imaginar que aquel vagabundo y drogadicto casi indigente, había vivido durante diez años en los Estados Unidos becado por su padre; angloparlante como cualquier gringo. Estudiado primero una licenciatura en economía y posteriormente otra en literatura inglesa en la Universidad de Luisiana. Con un puñado de libros publicados en su haber: uno de poesía, dos novelas y un ensayo que se constituiría en el manifiesto legendario de toda una época y de un periodo fundamental de la historia moderna.
Durante sus años en el extranjero Parménides había seguido con detenimiento los movimientos sociales de la década de los sesentas. Rastreado y dado seguimiento a  líderes como Malcom X, Abbie Hoffman y Bob Dylan, leído sus discursos y libros, escuchado sus álbumes hasta el hartazgo y sido testigo indirecto del  asesinato del primero.
En su célebre y actualmente difícil de conseguir manifiesto: En la Ruta de la Onda, Parménides relata que el movimiento cultural de la Onda surgió primero en Europa y los Estados Unidos, entre los aristócratas y adinerados jóvenes de los años veintes, quienes hastiados del establishment, a la vez víctimas, beneficiarios y subproductos del mismo, habían comenzado a abandonar sus vidas de privilegios y emprendido viajes por carreteras y en barcos, escrito poesía, tocado instrumentos musicales y experimentado con las síncopas. Sin dejar por supuesto de beber sendas cantidades de whisky e iniciado la quema de marihuana.


El cannabis en sus orígenes era una droga exclusiva de los afroamericanos y los jamaiquinos. En el momento en que los jóvenes blancos de barrio pobre comienzan a fumar marihuana también, el movimiento de la Onda desciende hacia las clases medias y bajas. La Onda y la mota se popularizan y se vuelven accesibles y al alcance de casi todos. Por primera vez en la historia, dice Parménides, se les concede el permiso a los jóvenes de ser hedonistas.
Parménides es testigo de la amplia politización de los movimientos juveniles, los cuales se extienden cual peligrosa epidemia, susceptibles de contagiar a la sociedad entera con sus esperanzas en un posible cambio, mismos que en sus inicios eran tan sólo drogas, sexo y enajenación.
Los Black Panters son los primeros en politizarse y exigir al gobierno gringo, más que nada, por sobre todas las cosas, respeto a la gente de color y cultura afroamericana.
El psicólogo Abbie Hoffman comienza a politizar a los hippies y a convertirlos en subversivas cabezas pensantes. Los pone a leer a su maestro Herbert Marcuse, el pensador de la Escuela de Frankfurt, también a Aldous Huxley, a Erich Fromm e incluso a Krishnamurti. Los enseña a analizar, a dialogar y a discernir. Despierta en ellos la conciencia social y política, brindándole un rumbo bastante crítico al movimiento hippie. Entonces surgen los Yippies: Fusión de los diestros Panteras Negras y los hippies pensantes.
En el momento en que los Black Panters y la élite crítica del movimiento hippie se unen para luchar por sus derechos humanos, políticos y a protestar contra la Guerra de Vietnam, el Sistema Social Norteamericano siente sacudirse su tinglado. Entonces el hipismo deja de ser un juego exótico y divertido de niñitas y comienzan las persecuciones, las desapariciones y la verdadera represión.
Cuando regresa a México a fines de los sesenta, Parménides es un amplio conocedor de los escritores norteamericanos: Jack Kerouac, William Burroghs, W, Faulkner, Thom Wolf y Norman Mailler. También del rock en todas sus vertientes. Aquí se dedica a iniciar a cualquier cantidad de jóvenes literatos, escritores y rockeros en los autores y grupos musicales de culto que él conoce a profundidad.
Pero Parménides no es de ningún modo un iluso e ingenuo pachequín, enajenado del rock y de la literatura extranjera. Parme, como lo llaman sus amigos, es entonces un depurado escritor, poseedor de un estilo bastante particular y trabajado y de una conciencia crítica y social agudísima y filosa.
De ningún modo se deja seducir por la rebeldía ficticia de los Rollings Stones y John Lennon, cuya música respeta y ama, pero a cuyos intérpretes critica sin piedad.  Si tuviera que elegir, tal como lo confiesa, entre Mick Jagger y Bob Dylan, se quedaría con este último, puesto que mientras él primero se empeñaba en aprenderse de memoria las canciones del blues negro, el buen Dylan se embebía con las lecturas de Kant y Shakespeare.
Por culpa de aquellos rebeldes que en el fondo no se rebelan ante nada y sólo quieren ser millonarios, dice Parménides, el movimiento de la Onda estaría condenado al fracaso al ser convertido irremediablemente en un cliché y un producto comercial.
3
La música también puede estrechar y sellar la complicidad entre sus adeptos. El rockero quiere encontrar oídos para contagiarlos y enviciarlos con sus longplays y su guitarra. En tiempos actuales cada vez le resulta más difícil  encontrar orejas dispuestas y atentas.
Parménides suscitaba entre sus conocidos y amigos una doble y contradictoria reacción emocional: por un lado lo querían y respetaban su erudición, conocimientos y experiencias, y por otro, evadían en lo posible encontrárselo en la calle, como a cualquier borracho o drogadicto inaguantable. Por una parte inspiraba devoción e identificación entre sus jóvenes seguidores y lectores, y por otra, repulsión debida a sus vicios, manías, delirios y obsesiones.
Su cadáver llevaba diez días en descomposición cuando fue encontrado en la azotea de un edificio en Polanco en la Ciudad de México. Fue difícil determinar si se trató de congestión alcohólica, sobredosis, delirium trémens, o una mezcla explosiva de todos ellos.
Previamente, él mismo se había encargado de aniquilar y destruir todos los lazos y vínculos de complicidad con sus cuates pachecos, rockeros y escritores. Sus amigos le sacaban la vuelta a toda costa.

domingo, 15 de mayo de 2011

LE CLÉZIO: DESIERTO MULTISENSORIAL



Aquí, alrededor, no hay más que esto: la luz del cielo, por lejos que se mire…
J.M. G. LE CLÉZIO  -Desierto

1.
“-¡Ahí vienen los gringos…!”
Gritaban los chiquillos al contemplar a los extranjeros venir de lejos. “¡Los Gringos…!”. Vociferaban también los viejecitos de la plaza con voz de mujer, las solteronas y las señoras persignadas de la Vela Perpetua; los huidizos y discretos wixárikas y los vendedores de chicharrón con salsa de jitomate a lo largo de  varios poblados del Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas.
Pero ninguno de los aludidos era gringo. Eran franceses o casi franceses.
El primero historiador, hacía trabajo de campo para su tesis de doctorado. El segundo, una mezcla entre viajero sin patria, antropólogo errático y novelista. Nacido en Francia por mero accidente. Se consideraba a sí mismo más bien natural de las Islas Mauricio, donde vivió de niño. Un librito suyo: El Atestado, lo había hecho famoso en Francia a los 23 años. A pesar del reconocimiento, evadía a toda costa el contacto con los grupos intelectuales europeos y prefería los viajes a través de América Latina, Asia y África. La mujer, esposa del novelista, provenía del Sahara; aún no nacían sus hijas.
Los “gringos” se encontrarían en algún punto entre Huejuquilla el Alto y Mezquitic, al norte del estado de Jalisco, en una de las puertas de la Sierra Madre Occidental. Eran los inicios de los setentas. Le Clézio y su mujer, Jemina, regresarían de la Sierra Huichola, realizando estudios etnográficos y Jean Meyer trabajaría en los volúmenes de su obra, más tarde bastante conocida: La Cristiada, recopilando testimonios orales de primera mano.
A unos cuantos kilómetros de ahí, en una comunidad limítrofe entre los estados de Jalisco y Zacatecas llamada El Mortero, décadas atrás el Ejército Cristero había emboscado a los federales en los linderos de un bosque de coníferas inmensas: pinos gigantescos, sobrevivientes a la edad de hielo: el único lugar de la tierra donde aún se mantienen de pie aquellos seres prehistóricos.
Un cacique indígena mitad huichol y mitad ladino, había flanqueado con sus tropas a los obregonistas desde dos extremos del bosque. Arqueros y lanceros huicholes, tepehuanos y mexicaneros lo seguían hasta la muerte, incluyendo infantería y caballería de campesinos católicos.  Diversos grupos étnicos del Occidente de México se negaron a participar en la entonces reciente Revolución Mexicana. Pero cuando los caciques indígenas y campesinos decidieron levantarse contra el gobierno de Álvaro Obregón, apenas unos años después en la Guerra Cristera, la sierra entera hirvió como una cacerola tras sus líderes.
¿Porqué habrían de unirse a las filas de los cristeros las tropas indígenas y los grupos étnicos recelosos e incrédulos de los levantamientos revolucionarios anteriores, si por otro lado, eran bastante escépticos de los supuestos ideales de la Revolución Mexicana y en el fondo no se habían beneficiado ni se beneficiarían jamás con sus bondades? ¿Si incluso habían tenido que organizarse para repeler los saqueos y vejaciones producidos por los rezagados de las fuerzas villistas, persiguiendo y pasando por el machete a los predadores dorados del general Pancho Villa? Eran preguntas que rondaban la mente de Meyer. La Guerra Cristera apuntalaba en sus notas para convertirse en un fenómeno mucho más popular y de bastante mayor envergadura social que la misma Revolución Mexicana, para contradicción de la historia oficial, tan ensalzada por los políticos post-revolucionarios y los oportunistas jefecillos militares.
Antes de Meyer la Cristiada fue mostrada por los historiadores como una serie de sangrientas masacres sin sentido realizadas por fanáticos religiosos. Los mismos habitantes del Occidente de México se encontraban en proceso de olvidar aquel pasaje doloroso y fallido de su historia. Ya sólo hablaban de ella los viejos, a quienes el francés se dio gusto en entrevistar. Meyer se preparaba para reivindicarla y redescubrir su verdadero valor social e histórico.
El click entre el historiador y el novelista fue inmediato. Al fin y al cabo, Le Clézio desarrollaba un estilo novelístico casi antropológico, construyendo historias desarrolladas en países bastante lejanos de Europa, aprendiendo a describir con fineza los usos y costumbres de los pueblos que visitaba: su comida, vestimentas, música, la manera en que concebían la naturaleza y sus recursos, sus historias ancestrales y su medicina. Por su parte, Meyer encontraba su propia voz en medio de los testimonios orales de los ancianos que escuchaba y colectaba. Su Cristiada, pese a la rigurosidad exhaustiva y al detalle metodológico y científico, quedaría escrita en un estilo bastante ameno, incluso narrativo y novelístico, resultando imposible dejar de leerla una vez comenzado cualquiera de sus tres volúmenes.
La literatura y las ciencias sociales realizaban su acoplamiento amoroso, erótico  y paradigmático en las manos de ambos viajeros y escritores. Para disgusto de las mentalidades positivistas y rigoristas, quienes miraban con recelo la fusión entre literatura e investigación social. No serían los primeros en practicar la promiscuidad disciplinar, o la violación de las reglas del método científico. Pocos años atrás, en la Cárcel de Lecumberri, José Revueltas escribía que la novela debía evolucionar hasta convertirse en un método científico para describir y criticar la realidad: la literatura materialista-dialéctica. Contemporáneo a Meyer y a Le Clézio, Carlos Castaneda, un antropólogo de origen brasileño, publicaría ya sus primeras y exitosas obras, animado por su profesor de la UCLA, Harold Garfinkel, a narrar en un estilo novelístico sus experiencias en compañía de un singular brujo yaqui.
Es bien sabido que si quiere aprenderse buena psicología, es preferible leer a Homero, a Dostoievsky y a Balzac que a Jacques Lacan y a B. F. Skinner. O que si desea conocerse a profundidad la historia de la humanidad, es mejor perderse en Tostoi, Molliere, Cervantes, Unamuno, Mark Twain y Dickens, en lugar de retomar cualquier manual de escuela.
2
¿Pero qué andaría buscando Jean Marie Gustav Le Clézio por aquellas proximidades de la Sierra Wixárika y del Norte de Jalisco, tan inhóspitas entonces como ahora? Con sus caminos plenos de asaltantes, atracadores oportunistas y traficantes; sus senderos poblados de mezquites, nopales, cañones, murciélagos y acantilados. Sus comunidades reservadas, sufridas y discretas; sus caciques religiosos y acaparadores de almas; sus vampíricos funcionarios educativos y políticos. Sus melancólicos escritores y músicos.
Había cursado un doctorado en Francia, con una tesis sobre el poeta Henry Michaux. Expulsado de algún país asiático por protestar contra la prostitución infantil, vino a caer aleatoriamente a México. Donde estudió antropología, se imbuyó de historia mexicana y se harto de convivir y estudiar a distintos pueblos indios.
Antes de sumergirse en la Sierra Madre Occidental y el Norte de Jalisco, había escrito muchas observaciones sobre los grupos mayas y purépechas. Viniendo desde el Sureste y el Centro de México hacia el Occidente. Vivió algunos años en Zamora, colaborando en el Colegio de Michoacán; también se hizo amigo del historiador Luis González.
Es posible pensar que en estas tierras hasta cierto punto agrestes, Le Clézio abrió sus sentidos y aprendió a mirar la realidad social de sus personajes y la naturaleza del entorno desde dentro, como buen antropólogo que ya era.
Abrir los canales sensoriales puede resultar dolorosísimo para cualquier buen observador. Aprender puede consistirse para alguien en una crisis a perpetuidad. Es factible decir que para llegar a cualquier conocimiento o arte que valga la pena, previamente tiene que sufrirse un doloroso proceso de purificación: matar los esquemas mentales preconcebidos. El conocimiento no consiste tan sólo en la vacua memorización de palabras, conceptos y teorías. En el momento en que el observador comienza a cuestionarse a sí mismo  y a sus verdades a partir de la confrontación con el mundo que aprehende y que le interesa, no sólo comienza el verdadero aprendizaje, sino que su espíritu asciende hacia un nivel superior.
Le Clézio ha reconocido la influencia de México y de América Latina en su obra. Al parecer en México se inicio espiritual y literariamente, tanto como en África y Medio Oriente, muchísimo más que en Europa, como él ha dicho.
Su novela Desierto, escrita ya en su madurez como autor, se encuentra plena de imágenes que saturan la totalidad de los sentidos por todos sus canales como una sustancia etílica de sobrado añejamiento y grato sabor:
Entre los guijarros, en la tierra en polvo, hay una mata verde y gris, un arbusto muy pequeño de hojas magras como tantas por aquí, Lalla huele el perfume; débil primero, cada vez más profundo; el perfume de las flores más bonitas, el olor de la menta y de la hierba chiva, el olor también de los limones, el olor de la mar y del viento, de las praderas en verano. Hay todo esto y mucho más en esta planta minúscula, sucia y frágil que brota al abrigo de los guijarros en medio de la gran estepa árida…  (1980)
De la mano de Lalla, una niña quien es descendiente de los guerreros azules que combatieron la Invasión Francesa a Medio Oriente a inicios de 1900, los párrafos y descripciones de cada detalle de aquella playa y aquel desierto a orillas del Mediterráneo resultan embriagadores y delicados. A ratos no se sabe si se está leyendo la historia de una niña que se hace mujer lentamente, o la cuidadosa descripción antropológica de la vida en los suburbios de una gran ciudad a orillas del mar.
3
“¡Ahí van los gringos…!” “¡¡Que ahí van los gringos….!!”
Gritarían un tanto histéricos por última vez los habitantes del Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas al contemplarlos marcharse. Los franceses y la africana guiados por uno de los informantes de Meyer se perderían en las inmediaciones de la Sierra de Morones. Donde durante la época de la Colonia se atrincheraron los caxcanes, liderados por su aguerrido cacique Tenamaxtli. En el lugar donde un ejército de españoles y de indios tlaxcaltecas, traídos expresamente para el aniquilamiento y el exterminio, sofocaron una de las revueltas indígenas más crueles y prolongadas de la historia: diez años de lucha.
Jamás sabrían los naturales de estas tierras, que los viajeros no eran gringos. Ni que el historiador regresaría tan pronto como pudiera a la Sorbona para presentar su tesis de doctorado. Ni que el novelista recibiría muchos años más tarde el Premio Nobel de literatura y presentaría en la ciudad de Guadalajara, en una Feria Internacional del Libro una ponencia sobre la influencia de México y América Latina en su obra.

viernes, 22 de abril de 2011

ALBERT CAMUS: LOS ORÍGENES DE LA REBELIÓN

Alber Camus


Yo me rebelo, luego somos.
(ALBERT CAMUS –el Hombre Rebelde)

La torre de Babel se construye
no para alcanzar los cielos de la tierra,
sino para bajar los cielos hasta la tierra.

(FEDOR DOSTOIEVSKY –Los Hermanos Karamazov)

1
El hombre feo posee razones muy especiales para rebelarse. La abominación que causa su apariencia física a los otros, le obliga a pasar la mayoría del tiempo recluido en su buhardilla y en sí mismo, urdiendo conspiradoras teorías y devorando cientos de libros proscritos, creados por seres igualmente marginales que él. Alejado de sus contrarios: los hombres a quienes por lo menos él califica como hermosos: sus opositores y antagonistas por naturaleza. Tiene pocos amigos, a veces ni uno solo, y si ha logrado convertirse en una figura conocida al final de su tortuosa existencia debido a un intelecto poderoso y una deslumbrante razón, los cuales pulió y desarrolló a lo largo de años, en compensación ante la ausencia de belleza física, emerge por fin como un ogro de entre las sombras de su húmedo cubil. Escupiendo a sus adversarios complicadas teorías sobre un mundo sin esquemas, sin reyes, gobernantes ni dioses. Volteando de cabeza el orden conocido de las ideas, de la razón y de las gentes. Intentando demostrar que la apariencia burda y contrahecha de sus facciones, oculta tras de sí la belleza de alma de un príncipe encantado. El mismísimo Cuasimodo en la Catedral de París. Bestia quien por fin reclama su derecho de amor por Bella.
Jean Paul Sartre tenía el ojo derecho extraviado, un profundísimo grado de miopía, verrugas en el rostro, como batracio o anfibio de la peor calaña. Mitad iguana y mitad zapo reptador. Amén de los pies planos y la cabeza enorme. Debido a sus ojos y sus plantas, el ejército francés rechazo su solicitud en la Segunda Guerra Mundial. Gracias a sus defectos físicos y su paso errático y amorfo, no fue bien visto ni siquiera cuando se unió a la Resistencia Francesa, durante la ocupación nazi. Dicen que al igual que su personaje Eróstrato, eyaculaba en sus pantalones tan sólo al mirar a una prostituta desnuda. ¿En qué podría serles útil un hombre con tan numerosas malformaciones y deficiencias físicas?
Este Cuasimodo escribiría decenas de tratados psicológicos y filosóficos, cuentos, novelas, artículos y obras de teatro que le ganaron la candidatura al Premio Novel.
2
El hombre hermoso por su parte, tiene razones muy diferentes para rebelarse. Gozó desde la infancia de la simpatía de los otros y cuando menos de su superficial amabilidad. El hombre hermoso desarrolla su alma y su intelecto no en reacción a la hostilidad externa del mundo, del modo como el hombre horrible e incluso el monstruo construyen sus palacios y edificios teóricos. Sino como un reflejo de sí mismo que él ve en las ideas magníficas, en las verdades intemporales de los sabios, en el arte y al interior de los enigmáticos fenómenos de la naturaleza. Si algo quiere demostrar al mundo, es el hecho de que su genio y su pensamiento son tan grandes y bellos como su cuerpo y rostro. Y esto en el fondo también es una forma de rebelión.
Ocasionalmente, el hombre hermoso y el monstruo llegan a coincidir en algún punto del proceso de su rebelión: ambos se niegan a ser cosificados. Luchando por no quedar reducidos a un cliché o un estereotipo: el Príncipe y el Monstruo. Si ambos son genios, con mayor razón se encontraran en alguna estación en el medio del camino. La existencia de estos dos seres es una demostración de que apariencia y esencia, fenómeno y nóumeno no son de ningún modo lo mismo. Empero, no tardarán en separarse de nueva cuenta y emprender rumbos distintos.
Sartre acusaría a Albert Camus de que la suya era una rebelión exclusiva de las ideas, de las concepciones y de la estética. Una rebelión de la poesía, de la filosofía y de la belleza. De ningún modo de la acción y de las clases sociales, como tanto se empeñara él en su Crítica de la Razón Dialéctica, pretendiendo unificar el marxismo y el existencialismo. Nunca más volverían a hablarse, aunque fueron amigos.
Sartre se negó a recibir el Premio Novel por razones ideológicas, ignoramos si estéticas. Camus sí lo aceptó.
Camus fue un niño hermoso. De frente luminosa, cráneo bello y ojos deslumbrantes. Su madre, analfabeta y sorda, descendiente de inmigrantes franceses argelinos, lo amaría más que a nada en la vida. Del mismo modo que sus compañeros de clase y profesores del Liceo en Argel. Al perder a su padre desde muy niño, herido y torturado durante la Primera Guerra Mundial, sería siempre bien acogido por sus maestros, quienes lo acercarían a Nietzsche y a los griegos.
Su rebelión dirigió sus fuerzas hacia la búsqueda de la belleza, también de la crítica, desde el más alto grado de lo hermoso, de las palabras, las metáforas y las ideas.
3
La peste bubónica, inicia en una de sus obras, precisamente La Peste, con el aumento en la población de ratas. Las ratas mueren dejando sus cadáveres por miles en las calle. Las personas comienzan a enfermar también, contagiados por las pulgas de los roedores. La plaga acabará con más de la mitad de la población humana de aquella ciudad, amenazando con exterminarla en totalidad, inundando sus cuerpos de bubas y tumoraciones que se hinchan hasta matarlos en medio de temperaturas altísimas y dolores insoportables.
Cuando parece que todos los habitantes de aquella ciudad desaparecerán, se detiene la peste por sí sola. Sin causa aparente, ni razón alguna. Por mero fenómeno de ecología de poblaciones. La enfermedad acaba exterminándose a sí misma, dejando a salvo a los sobrevivientes.
Así se extingue también, según Camus, como la peste, la rebelión de los esclavos. De los rebeldes con mente esclavizada, tal como describe en su libro El Hombre Rebelde. El esclavo quien se rebela, acaba aniquilándose a sí mismo después de sembrar el terror y la destrucción entre sus dueños e incluso entre sus coetáneos. Y si acaso, raramente llega a triunfar, termina convertido en un amo cien veces más cruel que su antiguo dueño. Esto explica el porqué del fracaso de tantas insurrecciones a lo largo de la historia. Una cosa es que el esclavo se harte de su opresor y desee e incluso logre asesinarlo, contagiando a sus iguales. Otra muy distinta es liberar su conciencia de las ataduras mentales. Al igual que las ratas y la peste, el esclavo rebelde estará condenado a aniquilarse a sí mismo y a esparcir su enfermedad.
Según Camus, el verdadero hombre rebelde nace en Occidente, en Grecia y Roma, con Espartaco, aplastando legiones romanas y Sócrates engullendo la cicuta. Con Aníbal cruzando los Alpes en compañía de sus elefantes y con Atila acosando al enviciado Imperio Romano. Con el esclavo o el ciudadano del imperio, quienes repentinamente son conscientes de sus derechos, nada más por el simple hecho de existir. También con los bárbaros quienes desean apoderarse de Roma o Grecia y erigirse como sus emperadores. Albert Camus asegura que en el mundo occidental el hombre es crecientemente consciente de sí mismo, y el rebelde fractura sus cadenas porque considera que el tiempo de la esclavitud ha terminado y él tiene derecho a ser dueño de su propio tiempo.
¿Pero qué podría decirse del caso de Gautama Buda y de Jesús de Nazaret? En Oriente, la rebeldía se basa en la renuncia y la sencillez. Suele decirse que cuando un hombre es capaz de renunciar a todo, incluyendo lo material y lo espiritual, hasta los mismos demonios se ponen a temblar de miedo. La de Oriente no es una renuncia del todo consciente de sí misma, ni sustentada en ninguna formulación verbal o teórica, como el caso de los revolucionarios en Occidente. La de Buda era una rebelión de la renuncia y el vacío absoluto, y la de Jesús otra sustentada en el amor por los hombres, incluso por los enemigos.
A estos rebeldes, Camus los denomina rebeldes metafísicos. No poseen mentalidad de esclavos ni desean cambiar ningún orden social. Aunque al final lo logren. Su rebelión se dirige en pos de la Unidad del Mundo. Les hiere en lo más hondo la fragmentación del universo. La división cuerpo-mente del hombre los tortura. No buscan ningún paraíso en otra vida, sino encontrar un cielo en este mundo.
Los profetas de Camus son Nietzsche y Dostoievsky, quienes no mataron a dios, sino que se tropezaron con su cadáver. Al principio los seres humanos adoraban los poderes de la naturaleza, a la montaña, como los judíos primitivos a quienes guió Moisés. Luego fueron politeístas como los egipcios y finalmente monoteístas, al igual que los cristianos. ¿Pero tras la muerte de dios, se pregunta Camus, cuál es el paso posterior de la humanidad que llenara semejante vacío histórico?
La respuesta que le proporcionarán Nietzsche y Dostoievsky, tendrá que ver con el surgimiento del nuevo hombre-dios, capaz de establecer su propia ley. Derrumbando un orden antiguo y viciado para construir otro. Constructor de un cielo en esta tierra, o aniquilador total del mundo, genocida y ecocida.
A la ceremonia de los Premios Noveles, se dice que asistieron gran cantidad de mujeres para admirar al hermoso escritor, metido en su elegante traje. El escritor amante de los gatos, autor de El Extranjero y El Hombre rebelde: era Albert Camus.

domingo, 30 de enero de 2011

DRAGÓN INTERIOR
 
De hecho no tienen que sacrificar
lo que imaginan tener,
y en realidad no poseen nada
en lo más mínimo.
 
(G. GURDJIEFF)
 
A mis perras: Gris y Lola.
A mis gatos.
 
 
 
1
 
En el medioevo lo satanizaron, se le asoció a fuerzas malignas y oscuras. Se le persiguió y temió hasta mitificarlo.
 
Al mismo Demonio, al plasmar su imagen en grabados y vitrales, se le adjudicaron variadas características y propiedades suyas: alas de pterodáctilo, sáuricas garras afiladas y curveas, cuerpo y rasgos herpentinos en general. Capacidad de interacturar y manejar el fuego. De ahí la generalización del temor hacia las serpientes y cocodrilos que trasciende hasta nuestros días.
 
Escuadrones soñadores e ilusos de caballeros, provistos de espadas y armaduras, organizaron cacerías e incursiones hacia escarpados terrenos montañosos. Donde hasta últimamente se supo que en realidad sí habitó. La mayoría de aquellos aventureros no regresó jamás. También se comprobó que efectivamente escupía fuego, volaba alcanzando increíbles alturas y anidaba en inaccesibles riscos.
 
La verdad es que los dragones sólo fueron temidos, proscritos y perseguidos en Occidente, a partir de la consolidación del cristianismo como institución vaticana. Se asoció al dragón (del mismo modo que a la serpiente y a otros reptiles) con poderes ocultos, la brujería, el sexo por placer y como rito iniciático. Al prohibirse la brujería, los rituales paganos y reprimir la sexualidad, como algo opuesto a los fines de control masivo de la Iglesia Católica, se satanizó y persiguió también a los dragones.
 
El dragón sibolizaba entonces las facultades y los poderes ocultos del ser humano. Su sexo, su Alma Inconsciente, sus facultades y potencialidades de pensamiento, sensualidad y magia. Por eso los dragones de verdad fueron perseguidos por los ejércitos cristianos.
 
En la década de los noventas, científicos europeos encontraron vestigios de su existencia: esqueletos y cuerpos de dragones congelados casi intactos. Con cicatrices en sus cuerpos de la lucha a muerte contra los cristianos. Tumbas draconianas ubicadas en Transilvania, Ucrania, Siberia, Turquía y el Norte de Africa.
 
2
 
En el Oriente y la América prehispánica era otra la visión.
 
Para China y Japón, se trataba de un ser poseedor de enorme sabiduría. Los emperadores y guerreros samurais lo tenían por aliado y consejero.
 
Si hubo luchas entre hombres y dragones, estas no conllevaban el carácter carnicero ni el temor fanático cristiano de Occidente. Lo que sabemos por diversas leyendas e historias de Oriente, era que tras una lucha que no necesariamente culminaba con la muerte del guerrero humano ni con la del dragón, ambos seres acababan siendo amigos y aliados.
 
 
Algunas personas encontraron a sus dragones aliados por accidente, vagabundeando, o los dragones los encontraban a ellos y se los hacían amigos. Al descubrir facultades en los humanos que interesaban a los dragones.
 
En Mesoamérica el dragón era asociado a los Dioses y las deidades. Quetzalcoatl poseía atributos suyos, de hecho, según alugnos, era un dragón.
 
Por diversas mitologías muy antiguas y anteriores al cristianismo, se presupone que hubo un tiempo, lejano y perdido cuando los dragones y los hombres fueron aliados. Los hombres los respetaban y les permitían vivir tranquilos., a cambio los dragones brindaban protección, sabiduría y consejo.
 
Luego hubo otro tiempo, el cristiano o judeocristiano, cuando estos seres fueron perseguidos, incomprendidos y combatidos.
 
3
 
El dragón sería uno de los seres evolutivamente más perfectos. Presuntamente poseería características y atributos de los seres de aire (las aves), del agua (los peces y anguilas), y de la tierra (serpientes, cocodrilos y saurios).
 
El hombre que lograse convertirse en amigo de uno de ellos, y no sólo luchar contra él y matarlo, lograría armonizarse y aliarse con fuerzas equilibrantes de la naturaleza. Con el ser probablemente más perfecto de la evolución.
 
En suma, el hombre amigo del dragón, sea de uno de verdad o simbólico, lograría integrarse a sí mismo no sólo desde el punto de vista del intelecto y la razón (como predomina en Occidente) sino también con su parte sensual, erótica, mágica, mística y esotérica.
 
 
Soñar con dragones simboliza que se está cerca de descubrir nuevas dimensiones y ámbitos de uno mismo.
 
Que el soñante puede encontrarse al inicio de un sendero espiritual, en el camino de su verdadera madurez, de su integración e interiorización. Sin encontrarse dividido nunca más entre sólamente cuerpo o mente.